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domingo, 29 de abril de 2012

Cuxhaven






Me desperté confundido. Estaba oscuro. Extrañaba el olor a barnices, el tacto de  las sábanas, el golpeteo de la lluvia, el ulular de las sirenas. Sensaciones próximas y lejanas, sonidos ordinarios y ajenos en un estado cercano al duermevela. No conseguía conciliar el sueño. ¿La aprehensión ante las próximas singladuras? Es normal me dije, ocurre en los inicios de un viaje. Siempre es  un poco estresante el desconocimiento del barco, el temor a las averías, a los accidentes… ¿Y el Mar del Norte?  Impresiona ver una carta con tantas cruces de naufragios…
 Deberían ser la cinco cuando volví a dormirme.


Se anunció con unos toques en la borda. Oír el golpe de una mano en el costado de un barco es algo perfectamente serio; no tiene la naturaleza  del crujido de una amarra, el golpeteo de las olas contra la popa o el chasquido de las drizas contra el palo. Una llamada es la manifestación de una voluntad que  exige tu inmediata presencia fuera. Una señal quizás de algún aduanero o policía, el requerimiento de un marino para que actúes ante la maniobra de otro barco o quizás el saludo del amigo que se alegra de tu llegada.
Salí a cubierta para encontrarme con un tipo elegante de calzado bien engrasado, pantalón azul, chaquetón náutico blanco, pelo canoso, cara cruzada de arrugas y expresión fría. Era Mr. Voight. Me produjo la misma sensación que la tarde anterior cuando fue a recogerme al aeropuerto de Hamburgo en su Mercedes: la de pertenecer a ese raro grupo de individuos parcos en palabras y secos de carácter que no conocen la indecisión.


 Hacía una semana  que  la agencia me habían preguntado si estaba dispuesto a hacerme cargo del  barco de un alemán que quería alcanzar el mediterráneo. Su capitán había tenido un accidente serio: rotura de la cadera al caerse de la pasarela resbaladiza por la lluvia. Querían un marino que conociera las costas europeas y hubiera cruzado el Golfo de Vizcaya. Y como  por lo visto tampoco había tantos profesionales disponibles que  supieran manejar veleros cogí mi Freiberger, un sextante  fabricado en Alemania Oriental, mi petate con el traje de aguas y  compré un billete en Lufthansa. En París, por las huelgas de aquél 1968, perdí la conexión para Hamburgo. Tuve que telefonear para advertir de mi retraso.
 Mal empezaba la singladura.

En el trayecto desde el aeropuerto Mr Voight  sugirió que nos tuteáramos. El viaje iba a ser largo, la convivencia estrecha. Me dijo que el barco estaba preparado para partir: el pleno  de combustible hecho, la  comida y bebida comprada. Llegamos al puerto. Abarloado a un pantalán estaba el queche áurico de cincuenta pies, forro en roble, ventiladores de cobre relucientes, chicotes de amarras adujados a la holandesa y chinchorro de tingladillo en la cubierta.
 Desde luego su propietario es un tipo de orden, pensé. En la popa un nombre,”Caute”. ¿Qué significaría? Seguro que alguna tendría relación con  amoríos como suelen ser los nombres que se les ocurren a los armadores. O nombres de estrellas o amoríos. No falla. Todavía me acuerdo de aquel inglés que puso “Querida” al suyo y cuando le expliqué lo que ese nombre significaba en castellano imperturbablemente serio me respondió que sin duda era un nombre muy adecuado por el dinero que exigía para su mantenimiento.
El interior del barco nos recibió con un aroma del aceite que rezumaban los baos, palmejares y cuadernas. Fijada, en un mamparo del salón, una foto en blanco y negro de una mujer altiva y guapa junto a un joven Fred, Mr. Voigh, y un tipo con una pipa en la boca de aspecto más bien tristón. En el lateral del salón estaba fijada una estufa  de gasoil Taylor de acero inoxidable. La cocina era de petróleo, tipo primus, lo que exigía calentar previamente los quemadores con alcohol. Un fastidio trasnochado propio de una persona que no se fiaba de llevar gas a bordo. Vimos la sala de máquinas. El motor no goteaba aceite, la sentina no tenía agua.

Me enseñó los derroteros del Almirantazgo y la Sailor decamétrica para recibir partes meteorológicos. Vi la carta correspondiente a la primera singladura, la del Elba; un río bien balizado con sólo algún peligro por los bajos en las revueltas. Le sugerí hacer una parada en  Glueckstadt para no tener que navegar con marea contraria. No le hizo mucha gracia. Prefería llegar cuanto antes a Cuxhaven, el puerto de salida al Mar del Norte. Allí nos esperaría su mujer.

Salimos de madrugada. A lo lejos se  percibía el gran puerto comercial de Hamburgo. Fred me explicó que todavía se podían  ver en él,
Conservados como restos históricos, los barracones desde donde se agrupaban los emigrantes que  a principio de siglo iban en barco a EEUU. Una cifra altísima que rondó los cinco millones de personas.
El barco navegaba bien aunque era pesado y exigía trapo. El problema lo tendríamos en los atraques por su quilla corrida, popa al muelle, como suele hacerse en el mediterráneo., maniobras no fáciles si sopla viento lateral.
 Llovía. llegaban olores confusos a yerba y tierra traídos por un viento húmedo y frío del noroeste  que frenaba nuestro navegar por aquel Elba de meandros y arenales, cielos bajos y luz lívida.

Divisamos Cuxhaven cuando caía la tarde.  Poco antes de la entrada al puerto se alzaba  un viejo semáforo, una aparatosa estructura metálica,  ya en desuso, cuyas flechas bien visibles indicaban el rumbo del viento que  encontrarían  los barcos al enfrentarse al océano, última señal de la vieja Europa que durante muchos años  vieron los emigrantes antes de poner rumbo a Nueva York...
En el atraque nos ayudó una  mujer protegida con un sombrero para el agua que dejaba ver algún mechón rubio. Sus movimientos al afirmar las amarras eran lentos pero firmes. Sus ojos azules me parecieron entonces ingenuos. Nos presentamos. Un acento americano marcaba su origen. Era Bárbara Voight.

En el salón me preguntó si se avecinaban borrascas. Noté su recelo ante la incertidumbre del viaje. Le dije que no debía preocuparse,” nunca he buscado el mal tiempo. Sólo saldremos si el pronóstico acompaña”. Más tarde compartimos un café. Era curiosa. Quería saber si tenía familia, donde vivía, los viajes  realizados. Procuré ser amable. En un velero hay poco lugar para aislarse.  Ella estaba desando llegar al Mediterráneo, conocer las Lipari, Santorini… Pregunté por su trabajo. Estuvo en la industria del cine. Algún papel como figurante.  Fue allí, en los Ángeles donde conoció a Fred...
Él por el contrario no hablaba. Entendí que no quería interesarse en cómo yo era o dejaba de ser. Vine a hacer un trabajo, me pagaba por llevarles al Mediterráneo, punto final. La reserva de estas personas  lo atribuyo  al carácter de las gentes del norte tan celosas de su intimidad y por lo tanto respetuosas con la privacidad ajena. Por lo demás no son tan mutables como los que abundan por nuestras latitudes y seguramente aceptan mejor la función que ejerzo a bordo.

Al día siguiente se estableció un fuerza siete. Nos quedamos en el puerto. Fuera debía haber una mar poderosa. Salí a comprar una masilla para frenar una filtración de agua por la escotilla. Después, paseando, me acerqué al puerto pesquero. Siempre rezumaron verdad esos barcos que debían enfrentarse a todo tipo de condiciónes. Curiosa la caldera para cocer el camarón que algunos llevaban en cubierta.

 Regresando al barco oí sonidos en su interior. Bárbara estaba elevando la voz en tono de reproche. Me alejé y volví al cabo de una hora. Noté una cierta tensión en el ambiente.  Comimos. Procuré hacerles ver que la espera es consustancial al viaje. Les conté cómo Cook tuvo que aguardar  semanas en Hawaii a un cambio de tiempo. Traté de dar conversación a un ensimismado Fred preguntando sobre porqué decidió comprar un barco tan clásico, ¿se orientó por pura estética?, ¿le parecía bello?, Me contestó si había oído hablar de la proporción áurica.  Sólo en los pintores antiguos respondí. “las velas de este barco siguen ese canon. Una armonía que se encuentra en la naturaleza. El equilibrio, es sinónimo de belleza. Un barco feo no puede navegar bien. La estética tiene una función práctica”.
Me confundió esa definición que exigía un criterio de utilidad. ¿Acaso lo consideraba consustancial a todo tipo de arte? ¿Y en el caso de la pintura o la música?  Me respondió con  una anécdota sobre Wittgenstein. Pasando delante de una librería en Cambridge vió unas fotografías de Russel, Freud y Einstein  y poco después en una tienda de música unos bustos de Beethoven, Schubert y Chopin. Tuvo entonces la impresión, la terrible impresión, que en sólo 100 años el espíritu humano había degenerado a favor del ruido de las máquinas, de la técnica.
Bárbara le interrumpió. ¿”Que nos quieres decir? ¿que la pintura de Pollock no vale nada?,  ¿que la música sin normas de Miles Davis no es arte? ” Arte menor, que sólo transmite una emoción  personal porque son incapaces de dotarlo de otro contenido”, contestó Fred, - “Un argumento que valora mi sensibilidad como pura filfa”, respondió ella  en plan irónico.”
Carraspeo. Se bien que cualquier discordia puede arrastrar  la convivencia hacia un terreno agrio. Siempre he preferido  una aburrida monótona y rutinaria tripulación que se mueva en el terreno de lo previsible superficialidad  a una  que se enquiste en profundas y bizantinas dialécticas...
 Mi interrupción hizo que Bárbara se levantara de la mesa y con una mirada resolutiva cogió su pañuelo, su gabardina, su sombrero de lluvia  y salió del barco.
Fred, me hizo un mordaz comentario sobre lo voluble y lo femenino buscando mi aquiescencia. Después, al poco, se fue a hacer una llamada de teléfono.

Aquel día lo pasé preocupado.  La culpa era de ese tiempo paralizante, me decía, que no acompañaba esa primavera. Notaba que la moral, nuestra moral para salir hacia Den Helder en Holanda se estaba  hundiendo en la misma medida que las continuas bajadas del barómetro y la espera  paseando  rntre cafés y comercios bajo una lluvia de monótonas nubes grises y compactas empezaba a ser irritante.

 Es cierto que la paciencia para iniciar una singladura retrasada por un cambio de tiempo o a la llegada de un repuesto por una avería, es consustancial al viaje. Pero hay lugares con algo pesado en su geografía que tiendes a evitar por un temor no definido. Y Cuxhaven que en un principio me pareció una amable ciudad marcada por el constante paso de cargueros hacia el enorme puerto de Hamburgo y el canal de Kiel para subir al Báltico  empezaba a mostrarse con una tirantez creciente como si la pegajosa atmósfera que  nos retenía incrementara mi temor al  implacable mar del Norte.

Aquella noche nos reunimos en el salón oyendo  silbar el viento en la cubierta.  El interior estaba todavía algo frío. la limpieza del quemador  había enervado un poco a Bárbara al retrasar la puesta en marcha de la Taylor. Una inocente pregunta que hice a Fred sobre quién era el tipo con pipa de la fotografía, desencadenó otra especial  tensión en la velada. Aquel fue uno de esos episodios que como furiosos aguaceros surgen en las vidas de las parejas cuando menos se espera. Porque tengo la impresión que para esta gente, me refiero a los nórdicos, la vida se estructura alrededor de la razón. Si hablas de una novela con ellos te explicarán el influjo en el autor de una corriente literaria. Si comentas una grabación de piano, harán que te fijes  en la excesiva lentitud de un pasaje y si organizas con ellos una travesía en conserva date por seguro que acertarán en la hora de llegada al puerto. ¿Acaso el romanticismo, esto es el triunfo del sentimiento, no nació en Alemania, se podría señalar?, cierto, pero contaminado con nación, historia o cultura. El sentimiento, la vida como sentimiento nunca ha sido cosa del Norte y cuando interrumpe en el horizonte terso y limpio de una conversación de sobremesa es cosa de temer. Quizás porque hay asuntos que aparecen cuando no hay demasiada luz en las estancias, o que la razón suele ser amiga de la claridad lo cierto es que en aquel salón de madera oscurecida una sensibilidad  despechada afloró otra vez  y yo que pretendía quedar al margen de la anunciada tormenta que como vulgar marinero a su servicio estaba obligado a presenciar, salí malparado y confundido. El pedrisco me había alcanzado también.

“Es Raymond Chandler” dijo Fred.
Levanté las cejas sorprendido. “Fui su médico en  la época del rodaje de la  Dalia azul.”
“Acaso tenía Chandler algún problema de salud”, pregunté.
“ Estaba sometido a una presión excesiva. La estrella de Paramount, Ladd, debía marchar al ejército a principios de 1945, y la productora se planteó hacer una película en sólo tres meses cuando lo normal era un año y medio. Ray fue escribiendo el guión al mismo tiempo que se rodaba. Así se hicieron los primeros cuarenta y cinco minutos. Después no aguantó más, la película se interrumpió y cundió el pánico.
¿” Una crisis nerviosa?.
“ No exactamente. No fui a calmarle su ansiedad. No soy psiquiatra. Mi campo es la fisiología,  Hay personas que saben pacificar sus demonios, Ray era uno de ellos. Los conocía perfectamente, advertía cuando se presentaban y sabía cómo calmarles. Su problema era el remedio que utilizaba, bourbon con agua.
“Tampoco es tan raro entre los escritores, le interrumpí-. El destilado de anís y ajenjo tiene mucha tradición desde Verlaine”.
“ Por eso tenía miedo de acabar como el francés. No era  su primera vez. Había pasado crisis similares y confiaba que yo le ayudase a contrarrestar los efectos del alcohol en su cuerpo.
 Cuando  interrumpió el rodaje de” La dalia azul” se preparó concienzudamente para lo peor. Habló con su mujer, Cissie, a la que terminó convenciendo de que tenía que beber hasta finalizar el guión o si no dejaría de ser escritor. A la productora le exigió seis secretarias en turnos de día y noche para que le  fueran pasando a máquina sus textos según los redactaba, dos cádillacs en la puerta de su casa, línea telefónica directa… Después compró botellas y botellas de whisky y me llamó. Durante diez días mi tarea fue  alimentarle con glucosa en vena. Por la boca su único alimento era la bebida.”
“Muchos han  vendido su alma al diablo pero no conozco ninguno que incluyera un médico para asegurarse la recompra del contrato”.
“ Chandler era muy racional  en sus decisiones, No hay muchas personas  lúcidas y valientes  que acepten con frialdad poner en riesgo su vida para conseguir su objetivo”
“ Quizás fuera porque confiaba mucho en ti.”Bárbara, que hasta ese momento  había permanecido callada, habló con su fuerte acento americano en un tono extrañamente suave sin dejar de contemplar la copa de vino con la que jugueteaba en sus manos.
Fred, sin mover la cabeza  me indicó “Lo dice porque tuve que suministrarle al cabo de los diez días un preparado específico para él.”
“Lo digo porque fue casi un suicidio lo que hizo ese hombre. Un suicidio asistido.” Sus ojos centrados en la copa y la seriedad de su voz sugerían un reproche demasiado alejado para mí.
“Hay gente que prefiere arriesgarse  y los hay que prefieren vegetar “contestó él.
“Y los hay que sólo apuestan cuando saben  de que lado caerá la moneda, “dijo ella.
“Ray buscaba el secreto de su existencia en la literatura. Otros lo hemos buscado en la ciencia. Estuve con él no por dinero sino porque me reconocía en su pasión por la verdad”.
“Gratis no le salió el tratamiento”
“Eran componentes extremadamente complicados de conseguir. Sabes que me llevó mucho tiempo prepararlos”.
“Jugaste a ser Dios con él como con tantos otros”.
“Yo buscaba reconstruir la integridad de Ray, su ética.”
¿”Ética en tu medicina?  respondió ella, hablas del bien y el mal como si pudieras  convertir  una persona en moralmente buena o mala dándole una pastilla” “
“¿De qué moral hablas, la de los 10 mandamientos? ¿la que la Iglesia nos exige para mantenernos  pacíficos? ¿Tú crees que existe ese concepto de moral en el zorro que liquida un gallinero o en el árbol que impide con su sombra que un retoñe alcance su altura? “No somos ángeles hechos de una sustancia espiritual sino seres, y más los artistas, donde el miedo se manifiesta de múltiples formas. En unos la debilidad les rondará los pulmones. En otros  será en la piel, el aliento, los ojos o el estómago Yo  pude vencer la enfermedad  en Ray purificando su espíritu más dañado que su  hígado o  sus intestinos”.
“¿Y la compasión? ¿Tiene cabida en una ética que jalea el sufrimiento, que se regodea en el sufrimiento  para conseguir resultados?” le replicó Bárbara.
sugiriendo  con su voz, su cara y todo su cuerpo  una violencia impensable media hora antes.
Sólo entonces, él se volvió hacia ella y le respondió sonriendo, “sigues sin comprender que no hay nada importante en la vida salvo cumplir la propia tarea.”
“Explícame que lógica utilizabas  para poder ir a dormir después de rozar lo irreparable”
“¿Quieres que te sea sincero?, replicó entonces, simplemente egoísmo. El mismo egoísmo que hacía que sensibles artistas como Ray me buscasen cuando no tenían otra posibilidad para salir adelante. Y si ellos buscaban la felicidad en los aplausos, en la admiración de su público no dudando en utilizar alcohol o cualquier pócima venenosa para conseguir el éxito, en mi caso el egoísmo era crecer en saber. Yo aprendía en ellos, me perfeccionaba en ellos.”
“Una lógica de poeta no cabe duda.”
“No eras entonces así, vampiresa sin prejuicios ¿Te recuerdo lo que desayunabas para   mantener la piel tersa? Entonces no tenías miedo a traspasar el límite.”
“El sarcasmo bajo una sonrisa sigue siendo tu especialidad.”

Era una disputa dura de  pareja. No admitía treguas, no admitía heridos, sólo quería derrotas totales. Parecía como si el mundo no existiera más que para ellos, ausentes a mi presencia con un nivel de lenguaje, de  reproches, demasiado elevado para mi comprensión.
Pero era curioso comprobar la transformación física que podía  producir la ira. Bárbara, prototipo de la elegancia en una mujer madura, se iba endureciendo por momentos dominada por un fuego de  vehemencia insospechada. Justo lo contrario que Fred cuyo dominio de la pasión le hacía aparecer duro y frío. Y si el temblor de ella cuando encendía un cigarrillo traslucía el recuerdo de una emoción antigua, en el caso de Fred, una mueca a guisa de sonrisa y una mano firme cuando cogía su copa de coñac demostraban que había digerido su  pasado sin el menor atisbo de vacilación.
Se produjo un silencio conscientes al fin de que había otra persona en aquella cámara e impuesto ahora por Bárbara que se había levantado para recoger la mesa llevando los platos hacia la cocina separada por un mamparo del salón. Un silencio embarazoso con Fred, la mano en el mentón mirando hacia ninguna parte. Un silencio roto al fin por el repiqueteo de la radio anunciando un nuevo pronóstico. Me levanté para “copiarlo” y decir que el tiempo, al fin, daba una tregua. Sólo cabría esperar unas horas para que bajara la ola. Podríamos partir después.
“De acuerdo” dijo Fred.

Aquella noche dormí mal. Raro era el barco y raros sus ocupantes, alcanzándome  una sensación de algo oscuro en todas esas historias y la impresión cercana al  arrepentimiento por haber aceptado ese viaje.
“Mal asunto, empezar a sentirse apesadumbrado a estas alturas, me dije.  Haz tu trabajo y olvídate de lo demás”.

Salimos aún de noche por la marea.
 Demasiado tiempo habíamos estado  en  Cuxhaven, demasiado tiempo atados a ese lugar. Respiré hondo cuando crucé la bocana  del puerto sintiendo esa emoción particular cuando se inicia una singladura. Volver a sentir el viento en la cara, el chasquido del gualdrapeo de las velas, el virar una baliza y establecer un rumbo. Porque cuando dejas por popa las luces del puerto  parece como si las preocupaciones y los malos momentos quedasen atrás anclados en tierra, haciéndote sentir más liviano en esa inmensidad que corta la tajamar.

Ahora las dificultades tenían otra naturaleza. La noche era como tinta de calamar por un cielo de nubes que ocultaba las estrellas mientras las luces de la ciudad se empequeñecían al alejarnos rápidamente por la vaciante. Cuando el estuario empezó a abrirse, el atlántico  empezó a mostrarse en toda su dureza. Yo conocía el Mar del Norte, y lo temía. En mi segundo viaje como oficial de puente,  saliendo de Róterdam, comprobé como el escaso fondo a lo largo de estas costas arenosas levantan con poco viento una mar temible. Y ahora pude constatar que las ganas de zarpar me habían engañado; la caída del viento no había bastado para calmar el mar: olas tendidas. Ayudadas  por la corriente contraria empezaron a golpear la amura barriendo la cubierta y saltando por encima de la capota.
 Bárbara se refugió en el interior mientras yo me abría para barajar el oleaje. Una de esa olas que aparecen como un mal imprevisto, cayó con violencia contra el pesado chinchorro de madera rompiendo sus sujeciones y haciendo que bandeara violentamente aguantado únicamente por un cabo. Un artefacto peligroso que terminaría perdiéndose por la borda después de producir daños si no tomábamos medidas.

Fred me relevó en  la rueda mientras yo salía a cubierta atado a la línea de vida entre fríos rociones que se me colaban por el cuello  y que me advertían  que si caía al agua no tendría muchas oportunidades. Apoyado en un obenque conseguí sujetar el auxiliar sintiendo el sudor que me corría bajo el chaquetón por el esfuerzo, para volver  aliviado a la seguridad de la bañera.
Dudé en acortar la singladura prevista y recalar en Norderney, una isla  a mitad de camino. Por suerte, según nos íbamos alejando de tierra, la onda se fue atenuando y arrumbados al sureste, la navegación a un largo se volvió más confortable. Aquel día  Bárbara apenas salió a cubierta mientras que Fred estuvo bronco y un tanto desagradable como queriendo dejar claro que yo era el responsable de aquel inicio  de navegación tan duro.

 Llegó el atardecer. Los mercantes que en esa zona están obligados a navegar en un pasillo delimitado empezaron a mostrar sus luces. Más cerca de la costa transitaban embarcaciones pequeñas como los pesqueros. Me quedé sólo en la bañera. Los dos se habían ido a descansar. La ausencia de la luna en un cielo despejado permitía que empezaran verse las estrellas. En el agua, la estela fosforescente marcaba un rumbo sin guiñadas. El frío era intenso y bajo la leve protección de la capota tuve que calarme el gorro de lana hasta los ojos y ponerme una toalla en el cuello. Me acodé detrás de la rueda  viendo como la oscuridad  iba borrando la delgada línea de la costa. Una costa sin relieves, tan plana como el trabajo que había elegido para dar un giro a mi existencia.

Recorrer el mundo, otros paisajes, otras gentes desde la popa de un petrolero con bandera y tripulación de conveniencia  fondeado en una boya a tres millas de la costa para cargar petróleo, escalas de pocas horas para  bajar a tierra o singladuras escupiendo la arena que traían los” shamal”, el viento del Mar Rojo, no era la idea que me llevó a estudiar la carrera de marino .Y cuando decidí cambiar de naviera y me embarqué en un maderero ilusionado por conocer el áfrica ecuatorial, lo que conocí de verdad fue la ferocidad y el despotismo de los que tienen algo, cualquier poder. Poder de los aduaneros con sus automáticas bien visibles entrando en la bodega para saquear las botellas de whiskey. Poder del contramaestre para apalizar a un marino borracho. Poder del “viejo”, del capitán, para que yo le librase, pistola en una mano, linterna en la otra, de un polizonte escondido debajo de la lona de un bote salvavidas, y aconsejándome que no preguntase al desgraciado si sabía nadar. Aquello fue suficiente; si hubiera seguido en aquel barco no hubiera quedado de mi más que un colgajo alcohólico. Cuando dembarqué vino el carrusel de trabajos: vendedor de seguros, administrativo en un banco, agencia de alquiler de coches en la playa…hasta que me hablaron de que  patronear embarcaciones de recreo estaba bien pagado, Habían pasado tres años pero no la sensación de volver a recorrer un camino conocido. ¿Otro en el ejército de extraviados? Quizás. Pero allí, arrellanado en la  bañera del velero, con el único objetivo de llegar a buen puerto, por lo menos saboreaba el tiempo viendo como la corredera  iba desgranando milla tras milla.

¿Y ellas? ¿Relaciones sin pasión? Todo se termina aprendiendo, incluso a vivir sin dependencias. La llama suele quemar aunque Lola  me reprochara que fuera un egoísta. Ya está bien de hacer apología del sentimiento, lo único que se consigue  es sufrir y hacer sufrir .Y como ejemplo contrario lo teníamos ahí abajo: tormentas con aparato eléctrico.
Entonces no les oía y si hablaban sus palabras amortiguadas por el ronroneo del navegar  no me llegaban.

Al día siguiente entramos en ese mar interior que se llama Ijsselmeer y atracamos en Medemblik. Noté a Fred muy nervioso después de haber bajado a tierra para llamar por teléfono. Me dijo que tenía que regresar con urgencia a Hamburgo.
Quedamos para su vuelta en el mismo Amsterdam dos días después.

Bárbara pareció un tanto confundida con su marcha repentina.  Aprovechando que el tiempo empezaba a ser clemente le animé para que fuera a conocer los alrededores de ese pequeño castillo que domina el paisaje. Volvió al poco con dos bicicletas alquiladas para invitarme a acompañarla por las carreteras estrechas que llevan de un pueblo a otro.
Me dio la impresión de estar más relajada. Quizás fuese que el navegar  había sido demasiado duro para ella o que el tímido sol trajera  una explosión de flores y color alrededor de los canales  pero lo cierto es que allí, pedaleando con una falda roja, jersey atado a la cintura y un pañuelo azul pálido en el cuello a juego con su mirada parecía mucho más joven.
Frente a un pequeño puente levadizo decidimos hacer un descanso. Dejamos las bicicletas a un lado y sacamos unos sándwiches para comer en la ladera del canal.
No sé porqué lo hice. Tenía curiosidad por saber de su vida. Me intrigaba esa fiereza radical  que demostraba, esa independencia obtenida  a base de construir su propio espacio y le pregunté donde  había conocido a Fred.

Quedó  en silencio .Hacía calor.  Con los ojos cerrados y alzando la barbilla dejó que el sol la embriagase. Después me habló.
“Fue en una fiesta al finalizar un rodaje donde él estaba junto a otros tantos técnicos, iluminadores, chóferes o ejecutivos de la productora.  En un principio no me produjo ninguna emoción especial aquel hombre de acento extranjero, que vestía un  anticuado traje a rayas. Después lo volví a ver silencioso y aislado apoyado en la barandilla de una escalera sorbiendo un coctel mientras miraba con ojos entornados a los que reían y bailaban. Tenía un aire un tanto conmovedor con su distante seriedad. Pregunté con curiosidad por  él  a una compañera.  Me contestó que era el último recurso de algunos actores y guionistas en crisis. “¿Un sujeto oscuro quizás? “¡Oh no!, me respondió. Es un médico con una reputación de proceder riguroso. Lo que ocurre es que sólo atiende casos, digamos extremos. Aquí en Los Ángeles no le falta clientela”.
  Animada por alguna copa, y feliz por haber trabajado en una película a mis diez y ocho años, me acerqué a él con la curiosidad malsana de una cuasi adolescente  que reconoce a un hombre interesante y  quiere llamar su atención. Siempre recordaré como me perturbó su sonrisa con un punto de ironía  y la fijeza inquietante de su mirada mientras respondía a sus preguntas.-Endureciéndo el tono , con los ojos clavados en el camino y en el recuerdo, siguió.- porque eso fue lo que hizo entonces y ha seguido haciendo después: empequeñecerme con sus no respuestas y sus silencios distantes.

Un mes más tarde  lo encontré en la puerta de los estudios. Dudé cuando me invitó a cenar. Había en él algo que me  turbaba aunque terminé yendo a un restaurante italiano  con un hombre seductor y amable.
 Yo sólo sabía de cine, me peinaba  como Vivien Leigh y sonreía como Jane Wiman, pero en aquella cena escuchando con  un chianti en la mano hablar del erotismo de” La señorita Julia”,de las danzas iniciáticas de Gurdjieff o de las provocaciones de Marinetti se reveló  un mundo que desconocía; un mundo extraño y fascinante que se reía de mi moral y me incitaba a ir mucho más lejos de ese Hollywood al que había llegado sola y con coraje desde un pueblo de Oregón.
Pasados unos días me invitó a acompañarle a un viaje de trabajo. Me presentó como su secretaria.
 Al final terminé enamorándome de un hombre demasiado brillante y demasiado posesivo.

Mis padres, mis amigos dejaron de existir y lo sustituyó una mezcla de miedo y adoración,  de temor y de pasión hacia él. una época donde tuve la impresión de deslizarme en un tobogán de sensualidad mientras él se mantenía frío, como entendiendo que esa bajada a lo más primitivo de mi naturaleza fuera un paso necesario para que pudiera elevarme a una  espiritualidad  ascética. 
Una época donde el sexo era energía  para tomar, el semen su vehículo,  el placer un fin en sí mismo. “sométete al deseo para dominarlo” me decía y separa tu debilidad lo mismo que un “solve et coagula” rinde la ganga, lo superfluo en mis preparados”.

En ese momento se oyó el ruido de un motor  y la proa de una barcaza emergió en un recodo llamando con su bocina  al operario para que le diera paso.  Al poco el repiqueó de una campana  advirtió a los peatones que no lo cruzasen.  Después el pequeño puente empezó a partirse en dos en un crujido de cadenas y engranajes. La gabarra lo cruzó lentamente. 
Ella se arregló levemente el pelo  y mirando como se alejaba la embarcación y  dejó transcurrir una eternidad como si dudase mereciera la pena  continuar hablando.

 “ Vino  a Estados Unidos huyendo de los nazis. No era judío sino un médico seguidor de una escuela de antroposofía particularmente odiada por los fascistas que habían quemado el Goetheanum, su centro en Suiza y que continuaron hostigando a los seguidores germanos de Rudolf Steiner. Salió junto a cineastas como Wilder, Lubistch, Sirk o Preminger  y como ellos terminó encontrando  trabajo en Hollywood.

“Después, hace diez años tuvo un grave problema. Trataba a un productor que tuvo que ser hospitalizado por una recaída en su hepatitis. Le acusaron de malas prácticas y de intoxicarle con remedios no autorizados.” Su medicina espagírica le jugó una mala pasada. Su lema “Caute”, tomado de Spinoza, de poco le sirvió. Utilizó “hígado de antimonio” y casi le mata. Revocaron su licencia.

¿Tuvisteis que volver a Alemania?
Tenía buenos amigos en Berlín Este. Cuando regresó se dedicó al comercio de  gasolina con ellos.

¿Y hoy?

 Se pasó la mano por la frente y movió nerviosamente la cabeza.

“Sus negocios son tan oscuros como lo fue su medicina. Lo único que le interesa es el dinero. Hoy es un viejo que ha perdido los colmillos”.

He tratado a  muchas mujeres que se embarcan odiando a los hombres después de sufrir un desengaño. Unas se adivinan quebradizas como el cristal debajo de su supuesta dureza. Otras, alimentándose de sí mismas terminan por crearse un mundo sin necesidad de que nadie las compadezca; algunas incluso afloran una pena sensiblera para llamar la atención de un amante ocasional. Tengo mis años, no soy un crio, pero viendo allí a Bárbara, contando un pasado de despechos y desvelando su interior a un extraño sin miedo ni complejos a extrovertir sus sentimientos como sólo es capaz de hacerlo una mujer, sentí un malestar en el cuerpo como cuando una nube negra señala que se acerca un turbión violento. Porque lo cierto es que toda la ligereza que ella desplegaba cuando salimos de paseo había desaparecido. Ahora mostraba  una cara de desánimo, unos ojos de tristeza, una fragilidad  desoladora. 
Después la luz se fue matizando por un sol sin fuerza y un tono desvaído ganó el horizonte. Regresamos al barco en silencio, pedaleando despacio, como queriendo empujar el tiempo. Yo me encerré en mi camarote Quería mandar una carta.

” Te escribo Lola desde una costa sin lomas para ocultarse del viento, tan plana que han levantado barreras para que el mar no la invada, tan gris que los canales en el atardecer se confunden con las nubes, tan fría que la gente oculta sus sentimientos en largos discursos de lógica y razón… 
¿Cuántos años llevo navegando? Como profesiona,l una docena de años; muchos más si cuento mi  adolescencia y  te aseguro que nunca he encontrado personas que me produzcan la confusión que estoy sufriendo en este viaje.
Te extrañará que precisamente sea yo quien escriba esto; tú que  me acusabas de  impregnar todo de negrura con mi modo de mirar, de falsear la lógica con mis principios y justificar con adornos mis huidas.
Ellos son de otro género.  Sólo he descorrido un poco la cortina y adivino un mundo de construcciones ensambladas que necesito creer son lejanas y de hielo, muy diferentes a las mías.
Sabes que fui al mar huyendo de la zafiedad y escapé de él  por cobardía. Vuelvo y me encuentro un marino con figura de aristócrata con una  radicalidad cortante como un cuchillo  porque es él quien  decide lo que es el bien y el mal.
Ella en cambio…quizás si la conocieras me dirías algo que desconozco: vosotras tenéis rayos x para calar a otras mujeres. Yo sólo percibo desgarro en contraste con la dureza de él.
  No va a ser un viaje normal ni se cuanto tiempo voy a poder seguir en este barco. ¿Tan difícil es encontrar un hueco donde resguardarse?...

Tú me conoces y sabes que esta carta es mi manera de disculparme por mis huidas adolescentes, mis nauras por volver a embarcarme, mis adioses improvisados.
Pero quiero decirte, desde aquí, que  añoro tu transparencia,
 y te recuerdo.

J.


Al día siguiente atracamos en Sixhaven, el pequeño puerto de Amsterdam, frente a la estación central. Ella cogió el transbordador que cruza el canal central para recoger a su marido.
Fred regresó con un maletín. Parecía cansado y serio. Me pidió  poner  cuanto antes rumbo a Jersey, una isla del canal.

Otra vez  Volvimos a sentir la potente respiración de olas al pasar la esclusa en Ijmuiden.En la bañera Bárbara acercó un termo de café y se sentó  con nosotros.Fred sorbía una taza humeante entre sus guantes. Ella parecía algo irritada, como si me culpara de haber aflorado sus intimidades. Él no hablaba. Estaba como ausente. En un momento que estuvimos solo la pregunté si había algún problema. Secamente me contestó que no me preocupase.

Recuerdo que me sobraron los monosílabos en esta parte del viaje; no hizo falta más para dar en Cherburgo una amarra, establecer  un foque pesado o colocar en la mayor un rizo navegando.
A la entrada del puerto de Jersey se aproximó un oficial de policía en una neumática. Su primera pregunta fue la de si llevábamos algún animal a bordo. La segunda, sobre si teníamos algo que declarar. Miré a Fred de reojo. Era perfectamente consciente que en su maletín  no llevaba precisamente sus mudas. Después de atracar, mientras yo me dirigía a la comandancia él descendió del barco. Sabía a donde iba: Jersey era territorio offshore con más agencias bancarias que habitantes tiene  la isla.

Después no quiso parar en ningún puerto bretón hasta llegar a Brest.  Bajaron a cenar y volvieron pronto. Fred venía de mal humor: en el restaurante no tenían langosta.
Salimos con la marea hacia La Coruña. Bárbara se fue a dormir. Fred Puso música. Ensimismado me preguntó si conocía.la ópera.” Ese “ja” es de” La Reina de la Noche”, contesté. Movió afirmativamente la cabeza. “No es ella quien tendría que haberlo dicho. Es el coro quien tendría que haber aceptado al aspirante masón. Mozart está ironizando aquí con un pasado autoritario y caduco que contrapone al mundo del demócrata, liberal y moderno Sarastro.  El maestro se estaba riendo de si mismo, consciente que su tiempo se  acababa.“

No dije nada. Sentía que sólo se escuchaba a sí mismo. Me resultaba difícil hablar con él.  Siempre establecía una barrera cuando y como él quería.
Después afirmó preferir el primer cuarto de guardia y siguió en silencio escuchando música. 
Me fui a la litera  a eso de las once  de la noche y sabiendo que me llamaría en tres horas.. Me desperté por mí mismo. Estaba amaneciendo. No entendía nada. Salí a cubierta. El Robertson, el piloto automático, dirigía el barco. Él había desaparecido.  Lo desconecté y me aproé inmediatamente para detener el velero. Grité  a Bárbara. Cuando salió, acerté a decirla que Fred había caído al agua y la pedí que tomara el timón. Puse el motor y lancé un panpan por  vhf. Al poco oí que un mercante emitía el relay.

¿Cuanto tiempo llevaría en el agua? Era consciente que  la hipotermia le llegaría en no más de media hora. Bárbara, señalando con la mano, creyó verlo dos  veces al confundir el roción de una ola con su chaquetón blanco. Sus ojos azules los recuerdo entonces grises. Su piel transparente dejaba ver la fragilidad de unas manos venosas crispadas en la regala. La fina lluvia que caía en ese momento  parecía una amenaza para su figura encogida como miedosa al agua que chorreaba de su impermeable, miedosa a lo que el destino la había deparado…

 Estuvimos toda la mañana zigzagueando, deshaciendo la ruta en un vano intento por encontrarlo. Después de cinco horas angustiosas, en las que no quiso tomar siquiera un café, la convencí de entrar en el puerto. Llegamos a St. Nazaire al atardecer. Nos esperaba la gendarmería.. Tuve que redactar un parte pormenorizado del accidente. Pidieron informes sobre él en Alemania y sobre mí a la policía española. Fred no era cualquiera. Su desaparición era una tormenta en el delicado y estratégico negocio  del combustible para la Alemania Oriental. Al día siguiente se acercó un detective de la compañía EAS de seguros. Por lo visto Fred había contratado, con Bárbara de beneficiaria, un importe enorme en caso de muerte por accidente .Tuve que volver a contarle los pormenores del viaje desde nuestra salida de Hamburgo. El atraque en Jersey no le sorprendió. Era un hecho conocido  que su empresa exportadora había tenido fuertes pérdidas por las vaivenes en la cotización del petróleo. La aseguradora quería relacionar a toda costa estas pérdidas con la desaparición de Fred. Para ellos era fundamental que apareciera el cadáver ya que una autopsia podría determinar si hubo o no voluntariedad en la muerte. El inspector se despidió insinuándome, en un aparte, que cualquier  detalle que permitiera sospechar que hubo suicidio sería premiado. Le contesté lamentando no poder arrojar más luz.
La tarde la pasé  arranchando el barco. Fue cuando  eché a  faltar algo  en la cubierta.

Bárbara se fue al día siguiente. Los socios de Fred la reclamaban urgentemente en Alemania para saber que había hecho Fred  con medio millón de marcos destinados a un intermediario.  Al marcharse, sin atreverse a mirarme de frente, me dijo que se pondría en contacto conmigo cuando terminaran las indagaciones. Con voz queda me dio tímidamente las gracias por no haber informado de la desaparición del anclote del chinchorro. La dije que lamentaba que él no hubiera podido cenar  su plato preferido.

Una semana después, con noreste flojo, puse proa a La Coruña.

viernes, 16 de marzo de 2012

La encontré en Kelibia

Caminaba hacia un raro café en lo alto de una colina.
Estaba sentada en una piedra como si quisiera disfrutar de los últimos rayos de sol.
No entendí por qué había decidido pararse en aquel paraje tan solitario. Cuando me puse a su altura sus ojos que traicionaban una ascendencia oriental me miraron sin miedo ni complejos.

Tenía que ser muy joven. “Una tan perdida como yo” pensé. La sonreí. Me acerqué para sentarme a su lado. Sabía que sobraban las palabras y quedé callado compartiendo con ella el final de la tarde. El tiempo pareció condensarse aturdido por el murmullo de los grillos y las ráfagas a flores de jazmín que nos rodeaban. Después me levanté y la pregunté si quería acompañarme. Con aire displicente e indolente vino conmigo al cafetín que en forma de terrazas se abría a un mediterráneo donde empezaban a brillar las luces de los pesqueros que se aprestaban a faenar y las estelas de los mercantes que cruzaban hacia el norte, hacia Italia.

El camarero se la quedó mirando quizás porque la conociera o quizás porque era demasiado exótica para aquel lugar. Nos tumbamos en las pieles de cordero que como alfombras mullidas tapizaban el suelo. Pregunté si servían alcohol.” Desde luego no”. Pedí entonces zumo de granadina que ella rechazó. Prefirió picotear unos frutos secos. Sentía que no estaba a gusto, que no era su lugar así que no demoré mucho más la vuelta al puerto.

Bajar por el camino sin más luces que una luna en creciente, ni más sonido que el quejido del muecín elevando la última oración del día, la oración del ishá, me generó una cierta desazón: ¿qué tipo de compromiso me exigiría seguir con ella? Eran sentimientos encontrados los que tuve entonces. ¿Sospechaba que había conmiseración por hallarla perdida y desvalida o me ponía en guardia por el desconocimiento de su vida, su procedencia, su pasado?

Entró en mi barco con ese pie marinero, ese saber estar que revela un ayer de años navegando o que algunos seres tienen por naturaleza.

Aquella noche, como casi todas las noches de aquel mes de agosto, hacía calor pero no llegaba el sopor que me alcanzaba a esas horas. Puse música, algo de Cohen creo recordar.
En voz alta dije, sin otra razón que dejar constancia para mí mismo, no querer ninguna dependencia y que en mi barco sólo tenía una litera y algún cojín.

La ofrecí algo de beber y dejé que se acercara. Sus ojos recordaban ascuas. Su piel, oscura y sedosa se frotó contra la mía, seca y áspera. Mis manos acariciaron su vientre y mis dedos entrelazaron su pelo azabache retozando con ella como si fuera un cachorro. No lo era.
Porque no eran juegos si no posesión lo que ella quería para sentirse protegida, alimentada de afectos y recogerse en sus idas y venidas. ¿En cuántos barcos no habría estado antes?, ¿cuántos marineros no la habrían acariciado?, ¿cuántos viajes no habría vivido?
Había algo dulce y pérfido que me subyugaba en ella. Melosa e independiente sentía que prefería aislarse, no entregarse. Sabía que el interés era su razón para ofrecerse. Qué absurdo es pensar que determinamos a otros por nuestras virtudes, nuestra valía. Una y otra vez repetimos errores, ciegos a la realidad que clama frente a nosotros.
Cierto que la deseaba: me sentía solo y añoraba compañía pero ella no era transparente. Su fragilidad era un juego que sospeché turbio y pérfido cuando la estreché en mi pecho: se deslizó de mis brazos como un nudo mal atado y me contempló relamiéndose como si gozara de mi confusión. La miré con rabia y ella se sintió vulnerable. Fijó sus ojos en los míos y soltó un zarpazo…

Lo más cruel siempre es lo inesperado. Yo que la había recogido perdida en el camino, que la había alimentado con esmero, que la había prodigado mimos y caricias, recibo como paga furia y desprecio: su arañazo a punto estuvo de saltarme un ojo. Juro por lo más sagrado que la cicatriz que exhibo bajo mi ceja izquierda es de naturaleza gatuna.
Después, cuando la expulsé a la fría oscuridad de la noche quiso retornar con sus ronroneos y maullidos de súplica.

Mi corazón esta vez de piedra, firme como una roca, se conjuró a no volver a meter una gata en mi barco.

lunes, 27 de febrero de 2012

Desirée

A Hugo lo conocí cuando estaba empeñado en hacerme mi propio barco. Él compró unos planos , un diseño dos metros de eslora mayor que el mío, y se enfrascó en su construcción.

De mañana aparecía por la nave donde teníamos los esqueletos de nuestras embarcaciones, y cuando faltaba poco para la comida salía huyendo al recordar que tenía que hablar con un posible comprador de un local para su venta.
No tenía más experiencia marinera que haber salido en un bote a pescar media docena de veces pero el velero era su sueño.

Algunas veces le encontraba sentado, pensativo mirando los perfiles que empezaban a dibujar su barco y cuando le preguntaba si veía algún problema, me sorprendía con, “fíjate en la pureza de sus líneas de agua… Ese tajamar cortará el agua como un cuchillo… ¿Aprecias la belleza de esa popa en copa de champán?”.
Su mujer, que de vez en cuando llegaba con las niñas en coche, impaciente por su tardanza , no dejaba de mirarme al bies como si yo fuera el culpable de los trastornos marítimos que apreciaba en su queridísimo.

Pero Hugo. no desfallecía. ¡Ah su goleta! Ya tenía incluso nombre:”Desirée”. Y lógicamente los cuervos se fijaron rápido en él? antes de terminar el casco ya le habían vendido la teca para cubrir la cubierta, la pintura supuestamente excepcional, el radar a un precio invencible…. ¿Porqué serán tan frágiles los soñadores? .

Pero la inmobiliaria empezaba a languidecer. Para pagar el colegio tuvo que hipotecar el chalet. Para restringir gastos despidió a la secretaria poniendo a su mujer en la tarea.
Pero él, alma mater del negocio, no hacía más que pasar horas y más horas en su “Désireé”. Tanto es así que la mujer empezó a enfadarse de veras. Sus hijas, seguidoras fieles de la señora de la casa, le empezaron a chantajear en desamor. Él comenzó a sentir extraños síntomas cutáneos y estomacales. Y La cosa fue a más: un día se encontró con la cerradura cambiada. Tuvo que mudarse a la casa de su hermano. Éste, hombre sensato, le aconsejó vender el esqueleto de acero. Hugo me confesó que era una recomendación juiciosa, comprendía perfectamente que su pasión podía perderle.

Mientras, yo terminé y boté mi velero. Le subí a bordo para dar un paseo por la ensenada. Él estaba radiante aquel día cogido al stay para sentir el viento en toda su intensidad.
Después partí hacia el Atlántico. No volví a saber durante mucho tiempo de él.

Regresé unas navidades. A la salida de unos almacenes me tropecé con él. Se alegró de verme. Comimos juntos y no dejó de preguntar por mis singladuras. Yo le interrogué por su vida. Me confesó su divorcio, ¡ah las mujeres!. Pero eso si, el barco lo tenía a punto de botar; sólo alguna dificultad para terminarlo por culpa del dinero.

Nos despedimos con esas promesas de cartas que en verdad nunca se escriben.
Yo seguí navegando y volviendo de tiempo en tiempo a mi tierra.
Fue en uno de esos regresos cuando me tropecé con un casco de barco en un jardín. Me acerqué a la valla; chorretones de óxido llegaban a la quilla; su nombre apenas legible: “Desirée”.

martes, 31 de mayo de 2011

Como carbones encendidos

Como carbones encendidos


¿Están habitados los barcos por algún espíritu? para los orientales no hay duda alguna. Ningún pescador indio o capitán de cabotaje iniciará sus singladuras sin incensar y ofrendar al dios particular que habita su bajel y al que confian la seguridad de la carga o el éxito de la pesca. De no hacerlo, un ser maligno puede apropiarse de la nao con el consiguiente peligro para una andadura salva.
En occidente, en cambio, pocos rastros quedan que avalen la potencia del espíritu sobre la materia. Atrás quedaron los rezos en forma de salve marinera que los tripulantes de los galeones cantaban en el anochecer en las largas travesías a América o los ojos pintados en la proa de las barcas para preservarlas de un mal lance. Hoy preferimos encomendarnos a un piloto automático antes que a un santo. Mal hecho. Estoy seguro que fue mi espiritual miopía la que embotó unos signos que cualquiera con sensibilidad menos tosca hubiera entendido, por lo que no fue extraño que el maligno se aposentare en mi velero al no encontrar oponente que le ofreciera batalla.
¿Qué signos se manifestaron? El primero apareció en Corfú.
Años atrás, el tiempo que recoge lo narrado( aún no se había reformado el puerto que debajo de la muralla acoge los veleros) salí al atardecer a conocer la ciudad. Operación necesaria era desembarazarse de la basura acumulada en el barco por lo que la arrojé a un montón de bolsas en un rincón de la dársena utilizado para este fin. Al hacerlo, no una ni dos ni cuatro, decenas de ratas salieron despavoridas entre los bultos donde se estaban dando un festín creyendo se les agredía. Todas menos una especialmente grande que emergió despacio entre los plásticos. Ella no salió huyendo, me miró como molesta por la perturbación que le había causado y volvió a desaparecer entre los fardos de desperdicios. Me quedé estupefacto y volví rápidamente al barco para cerrar portillos y escotillas temeroso de que algún roedor subiera por las amarras , sin poder olvidar esos ojos airados que no reflejaban en absoluto temor.
El segundo aviso vino a los pocos días. Había fondeado en Meganisi, justo enfrente de Scorpio, la isla privada de Onasis, cuando empezaron a sonar los primeros truenos anunciadores de esas tormentas de final de verano que tan peligrosas son en el Mediterráneo. Un patrón precavido se hubiera ido a la cercana y segura bahía de Vlikho y no hubiera permanecido en una cala con mal fondo obligado a establecer un cabo a tierra para no bornear dado lo estrecho del refugio. Me tranquilicé al comprobar que una pareja de lo que hubiera jurado experimentados jubilados ingleses fondeaba su velero cerca del mío. Enfrente, las luces en la isla daban la impresión que tenían farra y jarana.” No saben esos ricachones disfrutar de paz y la tranquilidad “me dije para mi mismo con espiritual talante.
Menuda tranquilidad. En la noche, con un oído atento a cualquier ruido anormal que sólo los que navegan desarrollan, me despierto extrañado al no identificar la causa. Me levanto e investigo sin resultados. Vuelvo a la litera. Aumenta el sonido, cojo una linterna miro en un armario y allí me encuentro el trasgo. Dos ojos como carbones encendidos al resplandor de mi lámpara me miran unos segundos para desparecer como un rayo por el sollao. Si, el maligno se me apareció en forma de rata griega, esto es grisácea y enorme.
Enciendo todas las luces, Me embuto unos guantes de obrero de la construcción gruesos y resistentes a posibles mordiscos y me armo con un bichero dispuesto a espetonarla cual San Jorge. Levanto tablas para acorralarla. Ausculto con poderosa linterna los bajos. Remuevo sacos de velas y artilugios… Vano intento, no hubo forma de saber donde se había ocultado. Rendido vuelvo a la litera. Imposible dormir. Ruidos otra vez. Me levanto con estrépito para que al asustarla no se entretenga royendo algún cable o tubería, La rata se esconde. Veinte minutos es el plazo de silencio que me otorga. Vuelta a empezar, luces, ruido… Vuelvo a la litera con ojos como platos. Sigue el juego un par de veces mas, yo haciendo ruido y la rata reapareciendo cada vez en menos tiempo. Empieza a amanecer confiando yo que el maligno temeroso de la luz deje de manifestarse. En eso, sonido de trueno y rayo no tan lejano. Lo que faltaba me dije. Percibo aire con olor a humedad y empieza un turbión de ráfagas con intensidad insospechada. Al poco, lluvia de gotas duras como garbanzos y el fondeo que no aguanta. Sujetado por la popa, garreo. El barco hace un semicírculo yendo derecho a las piedras. Consigo librar en el último momento la amarra popera. Abandono 60 metros de preestirado, el traicionero cabo vehículo de acceso del roedor. Con motor a fondo salgo del atolladero por los pelos. Detrás, el velero inglés tiene menos suerte y embarranca siendo lo último que veo su motor, marcha atrás, mostrando un humo tan negro como su desesperación. Voy a Vlikho , bahía de poco fondo completamente cerrada y seguro fondeo a cualquier viento. Allí en un colmado donde lo mismo venden naranjas que zapatillas me encuentro con otros navegantes que han bajado a comprar el pan. Relato mi problema al tendero ante el silencio trémulo de los marinos. Uno de ellos un pelirrojo italiano algo tartaja exclama “cosa horibili ratti i topi”. Y cuenta a la concurrencia la historia de un amigo que en una isla fondeado frente a las costas turcas al llegar el atardecer observa que le llegan nadando no una sino decenas de ratas queriendo trepar por la cadena del ancla. Él las rechaza y las otra porfiando por subir en un juego que pasadas dos horas termina con él encerrado impotente y la mujer con ataque de nervios sintiendo en sus cabezas a las ratas dueñas del barco y correteando hasta el amanecer por la cubierta.
Los clientes que a estas alturas se han olvidado de las compras, suspiran ante una narración tan vívidamente contada en un inglés esperántico. El tendero anima su negocio aconsejándome comprar dos trampas que por su tamaño más parecían para lobo. Añado queso en diversas variedades ya que al no conocer el gusto del enemigo sigo las indicaciones del profesional. Me recomienda uno especialmente oloroso y caro que entiende será irresistible. Vuelvo al barco. Intento dormir algunas horas. La espera me mantiene intranquilo. Llega la oscuridad. Preparo las trampas repartiéndolas por el salón y me voy a la litera provisto de mis guantes, esta vez con un martillo a mano. Las once, las doce. A la una en punto, la hora de las ánimas, percibo el malsano ruido. Espero con el corazón trepidante. Oigo un chasquido. Me levanto creyendo que se ha cerrado una trampa. Mera ilusión. Vuelvo a la horizontal. La oigo moverse cada vez más confiada, sabiéndose segura y conocedora de escondites inaccesibles. De pronto, lo más temible, percibo que está royendo. Inadmisible. Me levanto colérico eso si que no lo puedo permitir.! Bandida asquerosa! la improperio.
Dura fue esa noche. Al amanecer ella se escondió revelando una vez más su maléfica afinidad con la oscuridad. Yo me quedé adormilado hasta las nueve, hora de apertura del establecimiento para indicar a su dueño del escaso éxito de su queso. Me indica entonces poner tocino a lo que accedí añadiendo una jaula ratonera donde fácilmente hubiera cabido un conejo.
Mala jornada tuve, Me fui a dormir dándome por soñar con el ”Otoño de la Edad Media” y la peste bubónica como causa de la mortandad y decaimiento demográfico de aquellos oscuros siglos. Sudores me entraron cavilando en esas rateras pulgas transmisoras de la enfermedad que llegaron a Venecia en barcos desde oriente. Hasta en eso no ando tan lejos me decía. ¿Cómo se manifestará la bíblica enfermedad? me preguntaba con aprehensión palpándome las axilas por si notaba esos bultos sospechosos precursores de la fatal enfermedad. Después volvieron las tinieblas y con ellas el desasosiego. Esta vez los cebos no fueron queso sino el tocino griego del que sospechaba, no se muy bien porqué, no iba a ser del gusto del maligno. Por ello añadí el último trozo primorosamente guardado de jamón ibérico al que le esperaba una terminal botella de rioja en vez de ese desgraciado destino. Hasta eso llegó mi sacrificio por librarme del infame.
Noche cerrada; la luna me había abandonado y yo cada vez más nervioso. Empieza la función puntual a la una. Oído atento al sonido mortal de las trampas de las que sólo temo en mi inocente optimismo me deje el barco hecho unos zorros de sangre si la espachurra. No ha lugar. La oigo corretear sin que la tiente el jamón dolorosamente utilizado. Me tengo que levantar y acostar en un diabólico juego en el que va ganando la desesperación y el cansancio. En un de estos intermedios me quedo traspuesto y medio soñando noto un escalofrío en el colodrillo. ¿Será un aviso parapsicológico me pregunto adormilado? Es necesario indicar que
en aquella época seguía puntualmente las informaciones que sobre el tema llegaban de la antigua URSS donde los seguidores de Vassiliev apostaban a que era en el rinencéfalo o cerebro antiguo donde se recogen las manifestaciones paranormales. Desgraciadamente no era ninguna indicación extrasensorial; era el maligno duende en ultrajante y bochornosa actuación royendo la tapicería separado de mi cabeza por un delgado mamparo de 15 milímetros. ¿Porqué había venido a ese lugar? Sin duda en una humillante demostración de superioridad, dominio y control de la situación. Intolerable me dije levantándome indignado. “Repugnante hija de satanás . Como te coja te quemo a fuego lento”, la gritaba. Pero me daba perfectamente cuenta que ella se reía de mis amenazas mientras que yo, al contrario, estaba empezando a sentirme impotente ante tamaña demostración de maldad. Volví a la litera rendido de fatiga y con sentimiento de derrota pensando hasta en abandonar el barco en mi desesperación cuando al rato, medio agotado y traspuesto, en estado alfa de mis ondas cerebrales noto un leve tintineo. Era la rata que se paseaba entre los cubiertos sin importarle lo más mínimo hacer ese ruido tal era el dominio que tenía de la situación. Pero curiosamente ese tintineo no me generó más tormento; al contrario me transportó a un lugar muy lejano. Volví a vivir mi visita a un templo muy especial en la India,Birnake, el templo de las ratas, ya que el titilar de cucharillas y tenedores me había recordado el suave toque de campana de los fieles para advertir a sus dioses que están entrando en el santuario. Porque allí y sólo allí las ratas no son animales inmundos sino la reencarnación de las almas de los pequeños niños muertos. Y la comida que suelen llevar las mujeres es compartida gozosa y conjuntamente en el mismo plato por sacerdotes y roedores, Tienen los animales sus habitáculos para descanso nocturno porque el diurno lo emplean en lúbrico desenfreno sexual de persecución de las contrarias sin importarles un ápice la presencia de extraños y correteando entre pies desnudos ( no se puede entrar con calzado, quedando en las plantas de los pies posteriormente a la visita claras señales de sus guarras eyecciones). “ Mira”, entendí del inextricable idioma de un sacerdote que en ese momento me señalaba un enorme cuenco de leche donde se veían alineadas dos o tres docenas con cola y culo arriba y bebiendo al unísono con fruición. Si, era a la láctea bebida lo que ese repiqueteo de cubiertos me había conducido. Me levanté súbito sustituyendo el ibérico por una esquina de tetrabrik con leche en la jaula ratonera. No tardó mucho en actuar. Esta vez fue un ruido seco e inexorable. La trampa había funcionado. Provisto de mis guantes, esta vez sin martillo, me acerqué con sonrisa de ganador. Me recibió la diabla con estridentes chillidos ¿Pretendía acaso compasión o pedir ayuda a sus congéneres? De nada le sirvieron sus lamentos, agarré la jaula que en su desesperación a punto estuvo de abrir tal era su fuerza y me dirigí a cumplir la sentencia: ejecución. La sumergí en las negras aguas esperando interminables minutos hasta que dejó de moverse. Después abrí la compuerta viendo partir el cadáver en el Mediterráneo cual Ganges jónico, (más bien lo intuí ya que eran las cuatro de la mañana de noche cerrada).
¿Dormí a pierna suelta esa noche por fin? Nada de eso. El ajusticiamiento me había despertado sentimientos contrarios de culpabilidad. “No deja de ser una vida…
Quizás tendría que haberla librado en el agua para que se hubiera salvado nadando” me decía dubitativo.
Hasta en su final fue traicionera. ¿No me hubiera más valido y sobre todo sido más eficaz, seguir los criterios orientales desde el primer momento y sahumar el barco, sino con ofrendas, oraciones y virutas de sándalo por lo menos con espirales antimosquitos, y todo el barco bien cerrado menos una mínima apertura para que ese mal espíritu huyera, comprendiendo que no se le quería allí?

martes, 18 de enero de 2011

Corazón de hiena, corazón de león

Kampala, Uganda

5-Septiembre 1970



Querido Karl

Ya ha pasado un año de nuestra despedida en Orly y por fin puedo escribirte dando fe que sigo entero.

Ha sido un tiempo intenso, Äfrica siempre lo es.Otra vez en marcha con el sudor pegajoso de los mediodías, las patas de gallina en las puertas para prevenir el mal de ojo, las chicas que se relamen cuando las miras...Otra vez la sangre hirviendo en las venas, formando soldados, estudiando el terreno, preparando operativos de castigo…

Esto que llaman República de Anyedi te recordaría a Biafra. Hasta la bandera es similar: negro, verde y rojo. Los dos países al sur, los dos cristianos aunque aquí no queda ni un solo misionero todos expulsados en 1962. Un territorio despoblado e inmenso de tribus nilotas enfrentadas a los árabes del norte que desde tiempo inmemorial venían a hacer aquí sus razias de esclavos.

Algunos llamarían a este universo el paraíso por la poca actuación del hombre en esta inmensidad. Yo diría más bien que es el mundo en su origen, la naturaleza en toda su verdad. Tienes que venir a esta tierra para entenderlo. Hay pocas leyes pero cuidado quien las viole; se mata a un ladrón por robar un ternero y se expulsa de la tribu a quien se considera un cobarde. Sí Karl, aquí el hombre no ha sido absorbido por la técnica, lo humano se define por la voluntad. He visto adolescentes coger una mamba negra con la misma seguridad que nosotros encendemos la radio. Por eso aquí no cabe la piedad, no hay moralina de falsario. En este territorio de más de medio millón de kilómetros cuadrados los baris siguen comiéndose a los mouros, los dinkas reciben la palabra de su dios Nhialie a través de un espíritu que les permite hablar con los animales salvajes; los koukous, a orillas del Nilo, te ofrecen el corazón, todavía palpitando, del hipopótamo o elefante que abates. Un mundo donde un enjambre de hormigas rojas, ¿acaso no provienen de las avispas?, rodean un animal atacándolo al unísono como si de un ser único se tratase. Porque no son las hienas, leones o leopardos los reyes de esta tierra si no los insectos, los gusanos que penetran por las heridas, los mosquitos que envenenan la sangre o las larvas que te llegan por el agua.

¿La mano del hombre aquí? Más parece que cuando interviene es bajo la influencia del diablo.

Cerca de Juba desenterramos una fosa con cuatrocientos cadáveres ametrallados apilados como basura bajo el suelo aplanado por los blindados y hemos bajado de árboles hombres crucificados a sus troncos como alegoría despiadada de lo que espera a los cristianos. Si, la herencia fundamentalista de El Madhi y sus derviches que pasaron a cuchillo a Gordon y los defensores de Jartum hace ochenta años sigue presente en esta tierra.

Pero también existe inocencia, como cuando se reúnen los domingos debajo de los gigantescos maagonis los habitantes de un poblado para oír los rezos, no en kigali si no en latín, que un viejo aprendió de un misionero. O cuando se me acerca una madre para que bautice a su hijo en esta tierra abandonada hasta por la Iglesia. Más se me han revuelto las tripas por decir en el nombre del padre y del hijo y del espíritu santo que por reventar una cabeza de un disparo. Ellas se marchaban felices porque su niñito había ingresado entre los cristianos pero sobre todo porque había recibido un poder transmitido por el hombre blanco. Mientras, yo les dejaba de recuerdo un bolígrafo que ellas atesoraban como fetiche de sabiduría.

Karl, he venido a enseñar a los anyanyas como organizar la resistencia y he pasado más tiempo extrayendo balas o aplicando antibióticos que organizando guerrillas. Ni un sólo médico he visto en este tiempo. Porque aquí no es sólo una vida desnuda de pretensiones sociales; es la simplicidad manifiesta de gente desprovista de lo que hasta en Biafra era evidente, un arado, una olla, un machete, un fusil. Pero no creas en el buen salvaje; regala un arma a un hombre y verás lo que tarda en robarle las cabras a los de la tribu vecina. Mi solución fue dar armas a cada poblado y decirles que o se unían entre ellos o los islámicos les liquidarían sin compasión. Armas obtenidas de los israelitas interesados en entretener a los árabes y que pasábamos a través de la frontera de Uganda gracias a la benevolencia del jefe del ejército, un tal Idi Amin, de origen kakwa, una tribu del sur.

Un año he tardado en recorrer este territorio hasta la frontera etiope, por tierras donde no hay más caminos que los creados por los elefantes. He subido a una altiplanicie donde se encuentra un palacio abandonado, construido hace unos treinta años como último refugio del británico Rey George, por temor a la invasión alemana, con una carretera impracticable que antes le unía a Juba y hoy le mantiene aislado. No creas que no pensé montar allí mi base alejado de las llanuras con cinocéfalos como únicos vecinos. Había cascadas de agua, clima sin mosquitos y un entorno de nido de águila para ver llegar cualquier mal sujeto.

¿Soldados los anyanyas? Son como su nombre, tomado del veneno de una serpiente, letales individualmente pero torpes en pelotón. Sin duda buenos guerreros capaces de aguantar la tortura, cosa rara en los negros, pero demasiado altivos. La disciplina que en la milicia es sinónimo de eficacia aquí es despreciada por matar el espíritu individual. Ser un hombre significa ser capaz de enfrentarte a tus miedos. Pasar de la pubertad a la madurez supone matar una pantera, robar una mujer o liquidar un enemigo sin compañeros que te resguarden. ¡Qué diferente de nuestra Francia donde lo primero que hacemos es afiliarnos a un sindicato para no sentirnos desnudos! En esta selva impredecible, donde un olor, un sonido, una huella trastocan el acecho, donde en lugar de un animal comestible aparece uno peligroso es difícil inculcarles la disciplina del mando, el ataque organizado. Por eso su defensa es tan frágil cuando aparecen los helicópteros, les trastorna el ruido, son fáciles blancos de ametralladoras.

Ha sido lento el progreso militar. En la legión nos decían que de cualquier hombre se puede hacer un soldado. Aquí no es fácil. Les enseñé a no asustarse de las explosiones,

a tomar la iniciativa cuando el enemigo está confiado, a golpearle cuando se tienen más efectivos, a no darle tregua cuando le tenemos rodeado.Los primeros combates fueron positivos; en Nimoulé liquidamos un puesto; en Juba obligamos a concentrar la guarnición.

Pero también es verdad que la tarea es demasiado grande para mí solo y pienso que tu experiencia y ayuda serían importantes. Sabes que aquí la paga sería incierta pero la situación evoluciona deprisa. Hay una compañía minera dispuesta a colaborar si aprecian futuro en los nilotas. Piénsatelo y escríbeme a la dirección del hotel de Kampala que te adjunto en la carta. Yo estaré por aquí unos quince días ya que estoy negociando volver con recursos.



Un abrazo de tu amigo

Richard

PD/ Espero que a lo largo de este año te haya ido mejor con Florence que a mí con Luisa. Recuerdos para ella y los viejos amigos.






Paris

12-Septiembre 1970



Querido Richard,





Los amigos del bareto del Arco del Triunfo te hacíamos ya de Preste Juan en esas tierras tan alejadas. Hemos apostado que no tardarán mucho en coronarte monarca en esa república que mencionas….

Con Florence a mí tampoco me ha ido bien. La última vez que la vi fue en el baile de Trocadero. Salía con un tunecino de aspecto afeminado, ya sabes lo voladizas que son las mujeres en cuestión de gusto cuando les va mal la pareja. Me hice el encontradizo; la comenté que pensaba comprar mi propio camión y que la llamaría en breve. Ni caso. Se alejó muy digna del brazo del barbilindo y hasta ahora.

Por aquí está llegando el ruido que haces en Sudán. Hace unos días se acercó por el bar I.M, el inglés del Congo. Tiene ahora una empresa de seguridad y estuvo preguntando sobre ti con promesa de trabajo bien pagado. Lógicamente no sabíamos nada. De todas formas ten cuidado y no te arriesgues; hay muchos intereses en juego y los británicos después de Biafra deben tenerte ganas.

Sobre tu propuesta de marcharme a esas tierras la verdad es que por ahora no me tienta. Si hubiera un contrato en firme o un compromiso cierto está claro que partiría. Pero ir de misionero como más o menos dices no es mi vocación: paso de jugarme el pellejo por cuatro chavos. No quiere decirse que si la situación se aclarase más adelante no cambie de pensamiento; pero hoy todavía me queda dinero en Zurich y no me está yendo mal en el negocio del transporte.

De todas formas si necesitas hacer cualquier gestión por aquí, cuenta conmigo para tratar de solucionarte lo que buenamente pueda.



Abrazo de tu amigo y recuerdos de los compañeros



Karl











Prisión de Kober Jail

Marzo 1971



Querido Karl,



Al fin puedo escribirte después de tantos meses.



Te preguntarás cómo he venido a parar a esta cárcel con lo estricto que soy en cuestiones de seguridad. En realidad poseían más información de la que sospechaba. Los sudaneses, con colaboradores entre la policía ugandesa, me sorprendieron al pasar la frontera con medicinas y armas sin tiempo de respuesta. Después me trasladaron a un cuartel en el norte en helicóptero. Debía estar cerca del infierno. He visto cólera, temor y asco en los soldados, pero Karl nunca he visto tanto odio en unos ojos. Primero me presionaron con promesas y dinero para que me pasara a su bando e informara de las bases de los anyanyas. “¿No eres acaso un mercenario?” dijeron. No entendían que callase. Pero yo sabía que o les despreciaba callando o me despreciaría a mí mismo hablando. Se enfurecieron; me tuvieron colgado una semana de las muñecas con focos de luz que atravesaban los párpados por la noche y por el día encerrado en una camioneta a pleno sol. Cuando ya estaba más inconsciente que despierto, se acercó un hombrecillo con bata blanca de médico que me hizo tragar un tubo de goma con la promesa de una revisión estomacal. Aprovechó para volcar piri-piri, esa pasta de pimienta roja de la que sólo se toma una gota en las comidas. Me estalló un dolor de brasa ardiente como si la piel se desprendiera por dentro. Nunca he estado tan cerca de enloquecer. Tuvieron que atarme para que no me hiriese en mi demencia. Se rieron cuando pedí agua. Me bebí un cubo grande. Al poco salió fuego líquido como orina, agujas de sangre de mi sudor.

Recordarás lo que hablábamos sobre el tipo de vida tan desgraciada que ha podido tener un hombre que disfruta torturando. Me atreví a decírselo al hombrecillo. Su respuesta fue golpearme y dislocarme los hombros al tensar las cuerdas que me mantenían colgado de la pared. He salido tocado de los riñones y algunas veces orino sangre. Pero peor lo tuvo un compañero de lucha, un chaval despierto y alegre al que capturaron en Nimoulé: le destrozaron la cabeza a golpes delante de mí para advertirme que no jugaban.



Ahora estoy en espera de juicio; No me hago ilusiones, soy consciente de lo que vale una vida por estos pagos.

Más de una noche me duermo pensando cómo es posible que me hayan detenido y me despierto con la idea de que son los intereses de algunos grupos la clave de todo ello. Sí, corrían rumores de disidencias en el gobierno de Jartum con los comunistas y presiones para que el jefe de gobierno, coronel N. llegara a un acuerdo para terminar con la guerra inacabable del sur. Esto me lleva a sospechar que la política me ha jugado una mala baza. Más de una vez me enfrenté a algunos de los pocos universitarios de nuestro bando por su intención de alcanzar un compromiso sin antes tener una posición de ventaja. Ellos se llenaban la boca sobre la importancia de la política y la táctica, de ser flexibles en nuestras exigencias, de utilizar las contradicciones en las filas del enemigo en nuestro provecho, de saber retroceder para mejor saltar…Seguro he debido ser moneda de cambio para una solución negociadora; el ruido de armisticio que circula por aquí lo corrobora.

En todo caso te pido que envíes alguna carta a la Cruz Roja para que se interesen por mi maltrecho estado y solicites al comité Biafra-Sudán que me haga llegar algo de comida.



Tengo que terminar; contéstame a través de la Cruz Roja, y no hagas en tu carta mención a la mía pues tenemos prohibido escribir. Ésta te llegará porque le he prometido dinero a un guardián.



Tu amigo

R.





Paris

Mayo 1971



Querido Richard
No puedo creerte en esa prisión infame.

He escrito al consulado francés y alemán en Sudán, todavía sin respuesta, y he hecho gestiones con los amigos del comité Sudán- Biafra para tratar de parar ese horror. También La Cruz Roja me ha prometido que irá a verte y te llevará esta carta y dinero.

Sinceramente no comprendo porqué no hablas y les dices lo que quieran saber de esos negritos del sur.¿Acaso los anyanyas te están ayudando? ¿No sospechas que fue por la denuncia de algunos de ellos por lo que estás encarcelado? Estoy convencido que puedes todavía llegar a algún acuerdo antes de que se celebre el juicio para salir bien librado de todo esto.

La información que llega de Jartum es que el gobierno es débil, la influencia comunista es alta y quizás quieran hacer contigo un escarmiento por mercenario. No me extrañaría que utilicen el juicio para hacer propaganda antiimperialista. Un argumento más para que desactives su intención mostrándote sumiso. Roger, Albert, Rolf son de la misma opinión.

Y no creas que somos los únicos que pensamos así : Luisa a la que llamé hace dos días lo único que acertó a decirme fue que nadie influirá en tu decisión.


No Richard, no sigas por ese camino: lo primero es tu libertad.


Decídete y suerte.

K.


P/D Te incluyo unas líneas de Luisa y los camaradas







Ni una dejabas pasar como sargento Richard. Nos decías que sin normas ni disciplina renunciábamos a ser soldados para convertirnos en hienas. Y qué duda cabe que llevas tus certezas hasta sus últimas consecuencias. Como el día que cogimos a uno del F:L.N involucrado en la matanza de Ménouza : un árabe joven particularmente siniestro, que despreciaba a los cabileños, adoctrinado hasta la médula y más frío que un pez. Te estoy viendo frente a él, la mesa por medio y tendiéndole un vaso de vino. Le preguntaste:¿“ es el vino es enemigo del Islam?” . Él no se dignó responderte mirando para otro lado. “¿No decís que estáis dispuestos a beber la sangre de vuestros enemigos,.bebe entonces o acaso prefieres beber la sangre de los hombres a la de las viñas?”

No cambiarás nunca. Siempre contemplando la guerra tras tu visión del mundo cuando a los demás nos bastaba saber que era Argelia y sólo Argelia la causa por la que luchábamos.

Sólo un tipo como tú se mete en ese avispero sudanés y sólo un tipo como tú se merece que nos dejemos la piel para sacarlo de allí.



Aguanta



Albert







El tipo que me sacó de la trampa que nos tendieron los malditos irregulares “du-kit” y cargó mis setenta kilos durante cinco horas entre las marismas del delta hasta que me pudieron evacuar a Saigón; el que me consoló cuando borracho en un sampán me encontró llorando en el hombro de una puta con el seguro de mi pistola levantado, y el que, aunque me sigue doliendo, me robara la “con-gay” más guapa y que mejor cocinaba de Hanoi no se va a pudrir en esa infecta cárcel: cuenta que estoy con los demás para mover Roma con Santiago para liberarte.



Un fuerte abrazo



Roger





Por hacerte caso y seguirte a Biafra me perdí aquel mayo del 68 en Paris con los maoístas jugando a la guerra al lado de unos jardines de Luxemburgo con tulipanes, rosas y petunias para ir a hacerla a un lugar maldito con calor y lluvia, calor y polvo, calor y buitres. Un país, comedero de animales carroñeros, que desprendía, nada más aterrizar un olor dulzón y putrefacto a muerte con caminos llenos de mujeres de piernas de mosquito, niños con Kwashiorkor de vientre inflado y ancianos de piel cenicienta trastrabillando en el polvo.

Extraña guerra, ¿verdad Richard?, donde la lucha se desarrollaba siempre en las carreteras. La jungla era un territorio prohibido. Era el tiempo de los espíritus a los que ellos temían más que a las balas. La noche había sido utilizada por Dios para crearles a ellos y el día para nosotros, los blancos.

Fue cerca de Calabar cuando conocimos a los mercenarios que habían llegado del Congo faroleando que ellos solos se bastaban para poner en fuga a todo el ejército nigeriano. La semana siguiente ya estaban preparando las maletas dejándonos solos. El polaco se fue con ellos¿te acuerdas?. Su despedida fue agria; te reprochó sufrir la fiebre del jugador que no juega por ganar sino para que la partida no acabe…



Richard, siempre que veo la cicatriz al afeitarme recuerdo cómo te la jugaste para sacarme de aquella emboscada y cómo, a punta de pistola, conseguiste que la Cruz Roja me embarcara en el avión



Desde Paris y mañana desde Berlín tendrán que oírnos.



Por tu libertad.



Rolf









Karl quiere que te convenza de que sería mejor te mostraras sumiso y dijeras a tus carceleros lo que quieren saber.

¿Quién soy yo para hacer eso? Respeto cualquier decisión que tomes aunque piense sea equivocada y ponga en juego tu propia vida.



Todavía recuerdo nuestra primera salida y tú suficiencia cuando hablamos: yo hija de republicanos españoles, tú mercenario africano. Yo anhelando una vida clara y ordenada, tú riéndote de planes de futuro. Yo interesada en lo social y tú despreciando todo lo que no fuera el individuo…

No se cómo pude quedar contigo después de demostrar esa ironía y desdén hacia mis convicciones: me atrajo no que fueras guapo, ni tus conocimientos o tu abrumadora experiencia de vida sino tu sonrisa abierta y transparente que ocultaba un lado oscuro, como un Lucifer portador de la luz.

Sí, Richard, te sentía inaccesible en tu torre y ajeno al mundo de los sentimientos con tu manera de vivir bajo una extraña e implacable moral que no perdona la menor debilidad ¿Por qué esa dureza? ¿No temes, por tu intransigencia, acabar quebrado como una caña?.

Me decías que vivir sin coraje era vegetar, que la verdad se percibe donde hay riesgo ¿Cómo si no, me decías, se puede descubrir a un hipócrita de un amigo, a un cobarde de un íntrego?, Me turbabas con ese desear vivir siempre en los extremos, ese temor a caer en la rutina que atrapa a la gente corriente. África te carcomía, me decías, porque todo es manifiestamente sencillo como el hambre satisfecha después de la comida o una mujer al atardecer en una cabaña…



Richard, te cruzaste en mi vida y no puedo olvidarte aunque se que siempre estarás lejos.

Pero iré con tus amigos donde ellos digan, pelearé por ti en las embajadas y rezaré por ti en la noche.



Adiós amor



Luisa







Kober Jail

Junio 1971





¿Tú también Karl? ¿También tú me pides que traicione mis convicciones? Dime si ha sido acaso por un dinero que no llegaba ni para un paquete de Gaulloises por lo que nos unimos con 17 años a la legión. Dime si ha sido para vivir como señoritos por lo que nos ofrecimos como voluntarios para sacar a los compañeros cercados por los amarillos en el delta del Mekong. Dime si no fue por honor y fidelidad por lo que entramos en la OAS. Dime si no tuvimos lo que hay que tener cuando en Biafra se largaron todos los profesionales del Congo y nos quedamos solos, “estúpidos, vais a durar lo que tarda en deshacerse aquí un helado” nos decían.

Alguna vez me acusabas de no admitir el compromiso y que mi intransigencia me hacía ir siempre más allá. Te doy la razón. No necesito un juez, soy mi propio árbitro y lo único que he buscado, tú lo sabes, es estar a la altura de mi responsabilidad. Por eso no digas que traicione a mi bando, a los que formé como soldados, a los que se arriesgaron conmigo en las escaramuzas, a los que enseñé a no dejar atrás a un herido, a no hablar si te encarcelan.

Basta, no me hagas ser duro contigo. Me imagino que sólo es aprecio del amigo que se quedó conmigo hasta que nos echaron de Biafra, El amigo con el que regresé a Paris después de haber vivido tanto tiempo al acecho en una vuelta nada fácil sin encontrar nuestro sitio. Alemanes reconvertidos en “pied noir”, no deseados ahora ni en Alemania, ni en Argelia, ni sobre todo en Francia. ” Pieds noir” insultados como colonialistas por la izquierda y vistos como ladrones de empleos por la mayoría de franceses en una guerra que casi arruina el país. Perdedores con el estigma de mercenarios africanos que tenían ahora que ser soportados en casa.


Pero tú terminaste por acoplarte. Me decías que disfrutabas de la oscuridad de las salas de cine, de los cafés donde servían cerveza fría, de los kilómetros en el camión oyendo música, de conducir noche y día controlando tu destino sin esperar que te lo dictase el mando… Tuviste mejor suerte que yo. A la persona que quería le hice daño. Tardé demasiados meses en aprender que no podía seguir en Paris y lo siento por Luisa, pese a que intenté los domingos en Trocadero, el aperitivo de la mañana, el despertador a las siete, las pantuflas por la tarde… No podía encajar en esa existencia tibia y previsible.



Dile por favor a Luisa que su carta me ha estremecido. Que leyéndola me ha hecho pensar si mi vida sólo ha estado rodeada de muerte y sólo muerte y quizás no haber tenido otro horizonte que las armas para probar que así estoy vivo. Una intransigencia, de la que ahora me doy cuenta, me ha impedido apreciar la belleza del mundo.




Y de Roger, Albert y Rolf sólo puedo añadir que hombres como ellos los que han dado sentido a las palabras lealtad y camaradería. Ojala pueda absorber su fuerza, su valor y su integridad en estos momentos donde me siento como un animal herido que lo único que desea es que le dejen descansar.

Vuestro amigo



Richard.











Kober Jail

Agosto 1971



Karl,
Por fin llegó la parodia del juicio con sentencia capital. Mi joven abogado ha conseguido retrasarla y las visitas del cónsul alemán prometen esperanzas de amnistía. ¿Alivio? Más bien crueldad. No tengo esperanzas. Prefiero que todo acabe a seguir aquí. Esto es una muerta lenta por las recaídas de malaria y sobre todo por la tortura de creer saber quien me vendió.

Estarás al tanto de la intentona comunista y la brutal represión posterior; hablan de diez mil muertos. La cárcel se ha llenado de dirigentes políticos.

Un antiguo funcionario de interior, esperando sentencia, me explicó que la información para mi captura provino no de los ugandeses sino de los británicos. ¿Sabes lo que eso supone Karl: entre los camaradas está el traidor que supo por la carta que te escribí donde me encontraba. ¿Quién será el judas que me ha vendido?¿Cuánto pagaría I.M., el inglés, por la información? Me enloquece no haber podido encontrar lealtad siquiera entre los míos.


¡Qué inextricable es el alma humana! Cómo una persona que se ha jugado la vida contigo puede llegar a venderte porque está poseído por el ansia de un coche, de una mujer… ¿Tan fácil es traicionar sentimientos y valores…Tan fácil es encontrar un sentido a la vida yendo de deseo en deseo?


¿Te acuerdas del olor del océano en el Delta biafreño cuando entraba la virazón del atardecer, del vuelo bajo de los pájaros, del color rojizo del poniente? Tú soñabas con volver algún día al mar, ¿ya lo has hecho? En las mañanas, la leve humedad que llega del Nilo apenas a 100 metros de aquí me lo recuerda. Necesito imaginarlo para soportar el olor a orina en el que vivo impregnado con moscas pululando en el calor asfixiante del día y la hora fatal de la noche. Fatal, si, porque aquí son tan miserables que no fusilan, utilizan la horca. Y eso no es muerte para un soldado. Yo quiero verla de frente cuando venga a buscarme ya que tantas veces estuvo a mi lado y tantos amigos se llevó cuando ella quiso. Tú sabes que los soldados aceptamos que cualquier día es bueno para nacer y cualquiera es bueno para morir, por lo que no pienses que me atemoriza el final.

En la celda contigua hay un dinka, ¿recuerdas que te decía que hablaban con los animales? él me procurará un trozo de lata siguiendo el camino de aquellos romanos que buscaban las venas para hacer el último guiño a la vida. Les ahorraré el sueldo del verdugo.


En todo caso no dejo nada sólido cuando me vaya. El número de la cuenta en Zurich te lo dejé escrito por lo que ruego dispongas la mitad de su importe para Luisa y la otra para ti. Tendrás suficiente para brindar por mi memoria con los amigos, pero añade en el brindis que maldigo al traidor.



Adiós.

Richard




Era agosto, un caluroso agosto como suelen ser los de Thasos, una isla al norte del Egeo que guarda en calas como Aliki canteras de mármol con viejas columnas griegas inacabadas. Acababa de llegar de una travesía iniciada frente a la península de Athos, refugio de vientos catabáticos y monjes ascéticos tan celosos de sus dominios que una lancha guardacostas aleja a los veleros intrusos que se acercan a su ribera. En el atraque me ayudó un hombre mayor con tatuaje cuartelero en el antebrazo, cruz de madera en el pecho, menudo y enjuto como ese vegetariano que decía alimentarse de su propia carne, pero vivo como un gorrión.

Desconfío de tipos que suelen aparecer en los puertos con una sonrisa y gestos de autoridad para cobrar algún peaje. No era el caso. De hecho declinó la invitación que le hice de pasar a bordo a tomar una cerveza, para desparecer rápidamente en un barquito de no más de 7 metros.

Regresando del pueblo le volví a ver al atardecer sentado en la escollera contemplando como pescaban unos chavales. Me senté a su lado y le pregunté por sus singladuras en perspectiva. Él mirando hacia otro lado dijo que quería llegar a Jerusalén en navidad, balbuceando algo de expiar una culpa.

No es normal, repito, no es normal tropezarse con este tipo de navegantes digamos tan espirituales. Puedes encontrarte con ejecutivos disfrutando de su afición unos pocos días, amigos que se han unido para alquilar un charter, jubilados con tiempo para recorrer las islas pero ciertamente era la primera vez que me encontraba con tan curioso navegante.

Me habló de su inicio de viaje desde el Báltico, su paso por Kiel para alcanzar el Mar del Norte y su descenso bordeando las costas normandas y bretonas para después cruzar el Golfo de Vizcaya.

Aseguro por experiencia que me resulta difícil imaginar un velero de esa eslora y motor fueraborda cara a corrientes que fácilmente alcanzan los cinco nudos en sitios como el cabo Gris-Nez.

“¿Por qué no utilizaste los canales que cruzan toda Europa para llegar al sur, le pregunté?”

“Hacía este viaje no para llegar pronto a mi destino si no para ser capaz de superar las dificultades que encontrase. ¿No se ha hecho durante siglos un camino de Santiago a pie bajo la nieve o la lluvia?

“Pero ese navegar no es comparable a un recorrido terrestre. La inclemencia del mar en esas latitudes puede ser enorme”.

"También lo fue mi pecado”

¿Qué pasado puede tener un hombre que se atreve a decir tales cosas?
Me despedí hasta el día siguiente con una real curiosidad por su historia. Al otro día, al atardecer, paseando frente a su velero aprecié una luz en el camarote. Golpeé la borda para hacerme notar llamándole de viva voz con el pretexto de invitarle a un bar cercano. Me contestó una voz ronca que más parecía de ultratumba. Entonces entré en un salón con olor a sudor y vino agrio, platos sin lavar en el fregadero, latas medio abiertas en la mesa, botellas de agua vacías, y ropa amontonada en un rincón. Allí estaba él tumbado en el sofá que hacía de litera, medio desnudo con una fiebre evidente donde unas cicatrices profundas y ennegrecidas en su torso parecían supurar un dolor antiguo . La verdad es que me asusté y quise llamar a un médico. No quiso oír hablar de ello. “No es más que una recaída de paludismo, calenturas que van y vienen como las malas rachas “

Lo cierto es que no lo estaba pasando bien por lo que me quedé hasta bien entrada la noche cuando pareció que calmaba algo su destemplanza. Entonces me empezó a contar una historia un tanto insólita que al principio consideré hilada más por la fiebre que por un sentimiento de culpa. Porque no creáis que sea extraño que dos navegantes que se cruzan en un puerto o un fondeo terminen hablando a tumba abierta como si de viejos amigos se trataran. Quizás porque difícilmente se volverán a ver o quizás porque necesitan descargar su alma de algún peso y ¿quien mejor que un desconocido para compartir esos recuerdos?


Dos días después, Karl, ese era su nombre, ya recuperado, subió a bordo de mi barco con una botella de vino y un manojo de cartas.







De un encuentro en Thassos
Inspirado en la biografía de Rolf Steiner “Carré rouge”


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domingo, 16 de enero de 2011

Elogio de Gracián

Elogio de Gracián


Tiempo frío esta tarde. Frío porque los días se han vuelto más cortos en este final de verano. Frío al mojar el traje de neopreno para que deslice por tu cuerpo. Frío porque te muestras confundido por esta costa tan sugestiva y bella, vacía, silenciosa y demasiado solitaria. Frío cuando te sumerges porque sientes que entras en un mundo ajeno donde el único interés que despiertas es por tu malignidad...

Nadas por la cala con todos los sentidos alerta y de pronto te detienes sin perder de vista una piedra. Cargas de aire el estómago y los pulmones hasta que no te cabe una gota y bajas suavemente sin malgastar energía, moviendo pausadamente las aletas, alejándote de la luz hacia el mundo sin color sabiendo del riesgo y adorando ese momento porque has dejado el tiempo arriba y saboreas cada segundo que te lleva a compartir el territorio de los depredadores sin corazón.

¿Qué pasaría si el espíritu de cada pez que has matado te exigiera cuentas?
Imbécil, hace falta ser imbécil para ponerse a pensar en eso ahora. A lo mejor estás de acuerdo con la cursi que te reprochaba no apiadarte de los animalitos. Si viera a las tres preciosas doncellas comiéndole las patas a un pulpo huyendo, sabría lo que los animales entienden por compasión. Esa urbanita todavía está soñando con Walt Disney. Por lo menos yo me la juego para comer de lo que pesco, no como tú señora que sólo te tienes que acercar al mercado para comprar una dorada de piscifactoría . .. .
Tranqui, sin alterarte, tú como los de aquí abajo, mejor cazarás si eres como ellos.
¿Acaso te confundes con los peces porque admiras su falta de compasión o será que te has quedado sin sentimientos como los listos de arriba en los regates mercantiles, los espabilados y cínicos de labia aguda y divertida que sólo tienen vinagre en el aliento y azogue en su interior?


Un tipo duro, eso es lo que eres, capaz de bajar a 20 metros para meterte en una cueva y soltar un arponazo al mero sacándole agarrado de los ojos antes de que pegue el escopetazo, la señal de huida hacia lo más profundo de la cueva, su sancta sanctórum.
Duro abajo, duro arriba, feliz en tu mega moto, campeón de la franquicia porque como abajo, arriba hace falta ser sagaz, previsor y dúctil ya que nunca sabes dónde puede surgir la oportunidad. Si señor, esa ha sido tu escuela de negocios, tu máster de alto grado. Es allí donde has aprendido a retener el impulso más primitivo que tiene el hombre, el aliento. El mismo que te permite no mover un músculo de la cara cuando ofreces el obsequio que se merecen por mover un poco el lápiz de recalificación que señala en el mapa tu parcela.
Tarea cumplida, satisfacción por el deber resuelto. ¿Se puede medir el triunfo de otra manera que no sea el dinero? ¿Se movería acaso el mundo si no fuera por el interés?
Ganancia arriba, comida abajo. Ahí tienes a los rascacios quietos y mimetizados en el fondo, letales cuando pasa la sombra apetecible de su almuerzo.
Y temor abajo, temor arriba, creando tu espacio sin dejar lo traspase nadie porque te volverías vulnerable ante las presiones de los que acechan tu debilidad. Como la araña que aunque te acerques no se mueve medio enterrada en la arena sabedora de su veneno y sólo avisando en extraña danza si traspasas el límite.

Como tú, sin amenazas, capaz de cumplir la advertencia, marcando a tus enemigos, eligiendo tus amigos. Ahí está la clave de tu éxito. Ojo para discriminar al batallador del llorón, al optimista del triste; no aceptas lo vidrioso, no comulgas con lo turbio, quieres trasparencia.


Energía es la palabra, indecisión el pecado. Y si te preguntan dónde está el sentimiento, responde que en la inteligencia. Ten amigos según lo que te ofrezcan, para lo demás están los cepillos limosneros. ¿Has visto acaso un congrio en la misma cueva que un pulpo o éste con una langosta?

Saber discernir los amigos ser implacable con los faroleros esa es la cuestión. El congrio abre la boca y enseña los dientes porque no necesita más. Eres tú quien debes sopesar si podrás o no con él y si fallas sabrás lo que es su poderío muscular. Pero el serrano que todo gallito sale de su covacha marcando territorio como un mafioso de tres al cuarto lo único que produce es sensación de ridículo. Tiro y a la cazuela.
Igual que el funcionario que se las daba de proveer y para lo único que servía era para comer cigalas…
Un fallo lo tiene cualquiera. Dos marca al inepto. En eso te diferencias, en la rapidez de tus decisiones. También aquí abajo poco porvenir tienen los lentos. Ellos, los animales, parecen cansinos, pausados en sus movimientos ondulantes como las nubes, pero si te descuidas los pierdes. Si, la rapidez, aquí como arriba , marca la diferencia. El perezoso se abandona a la molicie, está viendo venir la catástrofe pero deja que sus acciones se hundan, indeciso en ellas como con todo en su existencia. La vida siempre ha sido cuestión de momentos. Los clásicos pintan a la Oportunidad calva con un mechón de pelo ondeante en dirección contraria al viento, que es el tiempo. Es el fugaz momento que sólo cuando pasa se hace consciente. Cógelo ahora o no lo harás en tu vida so bobo. El elogio de la lentitud no cuadra con Internet. Ven conmigo y te ilustraré cómo ataca una scorpa, como huye un salmonete. Mejor escuela que en Oxford, te doctorarás antes.

Y la carencia de color, o mejor dicho la uniformidad para no destacar, para no llamar la atención y ser objeto de deseo por los poderosos o quizás la envidiosa Fortuna, sirve para mimetizarte en el entorno. Porque sólo los mortíferos se pueden permitir esas extravagantes manchas amarillas como la morena. A ti no te queda más que ser como Ulises, astuto en el engaño, traidor en el disfraz para conseguir lo que buscas. ¿Cómo piensas que matan las sepias, reinas del disimulo? Deja el Porche para el hortera.

¿Y los sentimientos? ¿Dónde hay sentimientos cuando acomete una lubina, cuando muerde una dorada? Si tuvieran sentimientos se morirían de hambre. Eso no es más que lujo de ociosos, de débiles que buscan refugio, como ese chucho en el norte de Menorca con media aleta rajada seguramente por un marrajo viniendo tras mí buscando protección. Porque no valía ni para caldo que sino a la cazuela.
Si, aquí todo es más sencillo, más evidente y claro: o comes o te comen. No hay historias de buenos y malos, de explotados o explotadores, de tristezas y miserias. Y te juro que por aquí conviven sin neurosis. Fíjate y verás lo tranquilas que nadan esas castañuelas. Cierto que cuando aparece algún depredador se espabilan, pero al poco vuelve la serenidad al rebaño.
Mejor nos iría sabiendo cual es nuestro lugar en el mundo. Tanto suspirar, tanto quejica que no encuentra su destino escrito en letras doradas: que si el trabajo es un castigo, el dinero porca miseria, el lujo perversión, el esfuerzo una quimera. Todo para justificar una vida agarrado a la nómina como en Roma los clientes en la madrugada tras la sopa del patricio.
Levántate a las siete si quieres coger un sargo, baja a tientas si pretendes pillar una corva, aguanta las medusas, los desgarrones de las rocas, los calambres a las tres horas, la espera a cinco metros para la lubina y a quince para el dentón y te ahorrarás el postgraduado en empresariales.


Y cuando allí, en lo más profundo, en lo más oscuro, alcances una estrecha abertura venciendo el miedo a ir más lejos, y con el corazón palpitante acciones el gatillo frente a unos ojos fijos en los tuyos, sentirás no el frío sino el calor de la lujuria irrefrenable del poder.


Y el día que amanezcas con frío en la mañana, frío por la tarde, frío por la noche porque viejo y cansado sólo te quede la memoria para combatir tu glacial mirada de cínico en el espejo, sonríe recordando al menos que incluso para un mero la vida es un regalo.




































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