Me desperté confundido. Estaba oscuro. Extrañaba el olor a
barnices, el tacto de las sábanas, el
golpeteo de la lluvia, el ulular de las sirenas. Sensaciones próximas y
lejanas, sonidos ordinarios y ajenos en un estado cercano al duermevela. No
conseguía conciliar el sueño. ¿La aprehensión ante las próximas singladuras? Es
normal me dije, ocurre en los inicios de un viaje. Siempre es un poco estresante el desconocimiento del
barco, el temor a las averías, a los accidentes… ¿Y el Mar del Norte? Impresiona ver una carta con tantas cruces de
naufragios…
Deberían ser la cinco
cuando volví a dormirme.
Se anunció con unos toques en la borda. Oír el golpe de una
mano en el costado de un barco es algo perfectamente serio; no tiene la
naturaleza del crujido de una amarra, el
golpeteo de las olas contra la popa o el chasquido de las drizas contra el
palo. Una llamada es la manifestación de una voluntad que exige tu inmediata presencia fuera. Una señal
quizás de algún aduanero o policía, el requerimiento de un marino para que
actúes ante la maniobra de otro barco o quizás el saludo del amigo que se
alegra de tu llegada.
Salí a cubierta para encontrarme con un tipo elegante de
calzado bien engrasado, pantalón azul, chaquetón náutico blanco, pelo canoso,
cara cruzada de arrugas y expresión fría. Era Mr. Voight. Me produjo la misma
sensación que la tarde anterior cuando fue a recogerme al aeropuerto de
Hamburgo en su Mercedes: la de pertenecer a ese raro grupo de individuos parcos
en palabras y secos de carácter que no conocen la indecisión.
Hacía una semana que la
agencia me habían preguntado si estaba dispuesto a hacerme cargo del barco de un alemán que quería alcanzar el
mediterráneo. Su capitán había tenido un accidente serio: rotura de la cadera
al caerse de la pasarela resbaladiza por la lluvia. Querían un marino que
conociera las costas europeas y hubiera cruzado el Golfo de Vizcaya. Y como por lo visto tampoco había tantos
profesionales disponibles que supieran
manejar veleros cogí mi Freiberger, un sextante
fabricado en Alemania Oriental, mi petate con el traje de aguas y compré un billete en Lufthansa. En París, por
las huelgas de aquél 1968, perdí la conexión para Hamburgo. Tuve que telefonear
para advertir de mi retraso.
Mal empezaba la
singladura.
En el trayecto desde el aeropuerto Mr Voight sugirió que nos tuteáramos. El viaje iba a
ser largo, la convivencia estrecha. Me dijo que el barco estaba preparado para
partir: el pleno de combustible hecho,
la comida y bebida comprada. Llegamos al
puerto. Abarloado a un pantalán estaba el queche áurico de cincuenta pies,
forro en roble, ventiladores de cobre relucientes, chicotes de amarras adujados
a la holandesa y chinchorro de tingladillo en la cubierta.
Desde luego su propietario es un tipo de orden, pensé. En la popa un nombre,”Caute”. ¿Qué significaría? Seguro que alguna tendría relación con amoríos como suelen ser los nombres que se les ocurren a los armadores. O nombres de estrellas o amoríos. No falla. Todavía me acuerdo de aquel inglés que puso “Querida” al suyo y cuando le expliqué lo que ese nombre significaba en castellano imperturbablemente serio me respondió que sin duda era un nombre muy adecuado por el dinero que exigía para su mantenimiento.
Desde luego su propietario es un tipo de orden, pensé. En la popa un nombre,”Caute”. ¿Qué significaría? Seguro que alguna tendría relación con amoríos como suelen ser los nombres que se les ocurren a los armadores. O nombres de estrellas o amoríos. No falla. Todavía me acuerdo de aquel inglés que puso “Querida” al suyo y cuando le expliqué lo que ese nombre significaba en castellano imperturbablemente serio me respondió que sin duda era un nombre muy adecuado por el dinero que exigía para su mantenimiento.
El interior del barco nos recibió con un aroma del aceite
que rezumaban los baos, palmejares y cuadernas. Fijada, en un mamparo del
salón, una foto en blanco y negro de una mujer altiva y guapa junto a un joven
Fred, Mr. Voigh, y un tipo con una pipa en la boca de aspecto más bien tristón.
En el lateral del salón estaba fijada una estufa de gasoil Taylor de acero inoxidable. La
cocina era de petróleo, tipo primus, lo que exigía calentar previamente los
quemadores con alcohol. Un fastidio trasnochado propio de una persona que no se
fiaba de llevar gas a bordo. Vimos la sala de máquinas. El motor no goteaba
aceite, la sentina no tenía agua.
Me enseñó los derroteros del Almirantazgo y la Sailor
decamétrica para recibir partes meteorológicos. Vi la carta correspondiente a
la primera singladura, la del Elba; un río bien balizado con sólo algún peligro
por los bajos en las revueltas. Le sugerí hacer una parada en Glueckstadt para no tener que navegar con
marea contraria. No le hizo mucha gracia. Prefería llegar cuanto antes a
Cuxhaven, el puerto de salida al Mar del Norte. Allí nos esperaría su mujer.
Salimos de madrugada. A lo lejos se percibía el gran puerto comercial de Hamburgo. Fred me explicó que todavía se podían ver en él,
Conservados como restos históricos, los barracones desde
donde se agrupaban los emigrantes que a
principio de siglo iban en barco a EEUU. Una cifra altísima que rondó los cinco
millones de personas.
El barco navegaba
bien aunque era pesado y exigía trapo. El problema lo tendríamos en los
atraques por su quilla corrida, popa al muelle, como suele hacerse en el
mediterráneo., maniobras no fáciles si
sopla viento lateral.
Llovía. llegaban
olores confusos a yerba y tierra traídos por un viento húmedo y frío del
noroeste que frenaba nuestro navegar por
aquel Elba de meandros y arenales, cielos bajos y luz lívida.
Divisamos Cuxhaven cuando caía la tarde. Poco antes de la entrada al puerto se
alzaba un viejo semáforo, una aparatosa
estructura metálica, ya en desuso, cuyas
flechas bien visibles indicaban el rumbo del viento que encontrarían
los barcos al enfrentarse al océano, última señal de la vieja Europa que
durante muchos años vieron los
emigrantes antes de poner rumbo a Nueva York...
En el atraque nos ayudó una
mujer protegida con un sombrero para el agua que dejaba ver algún mechón
rubio. Sus movimientos al afirmar las amarras eran lentos pero firmes. Sus ojos
azules me parecieron entonces ingenuos. Nos presentamos. Un acento americano
marcaba su origen. Era Bárbara Voight.
En el salón me preguntó si se avecinaban borrascas. Noté su recelo ante la incertidumbre del viaje. Le dije que no debía preocuparse,” nunca he buscado el mal tiempo. Sólo saldremos si el pronóstico acompaña”. Más tarde compartimos un café. Era curiosa. Quería saber si tenía familia, donde vivía, los viajes realizados. Procuré ser amable. En un velero hay poco lugar para aislarse. Ella estaba desando llegar al Mediterráneo, conocer las Lipari, Santorini… Pregunté por su trabajo. Estuvo en la industria del cine. Algún papel como figurante. Fue allí, en los Ángeles donde conoció a Fred...
Él por el contrario no hablaba. Entendí que no quería interesarse
en cómo yo era o dejaba de ser. Vine a hacer un trabajo, me pagaba por
llevarles al Mediterráneo, punto final. La reserva de estas personas lo atribuyo
al carácter de las gentes del norte tan celosas de su intimidad y por lo
tanto respetuosas con la privacidad ajena. Por lo demás no son tan mutables
como los que abundan por nuestras latitudes y seguramente aceptan mejor la
función que ejerzo a bordo.
Al día siguiente se estableció un fuerza siete. Nos quedamos
en el puerto. Fuera debía haber una mar poderosa. Salí a comprar una masilla
para frenar una filtración de agua por la escotilla. Después, paseando, me
acerqué al puerto pesquero. Siempre rezumaron verdad esos barcos que debían
enfrentarse a todo tipo de condiciónes. Curiosa la caldera para cocer el
camarón que algunos llevaban en cubierta.
Regresando al barco oí sonidos en su interior. Bárbara estaba elevando la voz en tono de reproche. Me alejé y volví al cabo de una hora. Noté una cierta tensión en el ambiente. Comimos. Procuré hacerles ver que la espera es consustancial al viaje. Les conté cómo Cook tuvo que aguardar semanas en Hawaii a un cambio de tiempo. Traté de dar conversación a un ensimismado Fred preguntando sobre porqué decidió comprar un barco tan clásico, ¿se orientó por pura estética?, ¿le parecía bello?, Me contestó si había oído hablar de la proporción áurica. Sólo en los pintores antiguos respondí. “las velas de este barco siguen ese canon. Una armonía que se encuentra en la naturaleza. El equilibrio, es sinónimo de belleza. Un barco feo no puede navegar bien. La estética tiene una función práctica”.
Regresando al barco oí sonidos en su interior. Bárbara estaba elevando la voz en tono de reproche. Me alejé y volví al cabo de una hora. Noté una cierta tensión en el ambiente. Comimos. Procuré hacerles ver que la espera es consustancial al viaje. Les conté cómo Cook tuvo que aguardar semanas en Hawaii a un cambio de tiempo. Traté de dar conversación a un ensimismado Fred preguntando sobre porqué decidió comprar un barco tan clásico, ¿se orientó por pura estética?, ¿le parecía bello?, Me contestó si había oído hablar de la proporción áurica. Sólo en los pintores antiguos respondí. “las velas de este barco siguen ese canon. Una armonía que se encuentra en la naturaleza. El equilibrio, es sinónimo de belleza. Un barco feo no puede navegar bien. La estética tiene una función práctica”.
Me confundió esa definición que exigía un criterio de
utilidad. ¿Acaso lo consideraba consustancial a todo tipo de arte? ¿Y en el
caso de la pintura o la música? Me
respondió con una anécdota sobre
Wittgenstein. Pasando delante de una librería en Cambridge vió unas fotografías
de Russel, Freud y Einstein y poco
después en una tienda de música unos bustos de Beethoven, Schubert y Chopin.
Tuvo entonces la impresión, la terrible impresión, que en sólo 100 años el
espíritu humano había degenerado a favor del ruido de las máquinas, de la
técnica.
Bárbara le interrumpió. ¿”Que nos quieres decir? ¿que la
pintura de Pollock no vale nada?, ¿que
la música sin normas de Miles Davis no es arte? ” Arte menor, que sólo
transmite una emoción personal porque
son incapaces de dotarlo de otro contenido”, contestó Fred, - “Un argumento que
valora mi sensibilidad como pura filfa”, respondió ella en plan irónico.”
Carraspeo. Se bien que cualquier discordia puede
arrastrar la convivencia hacia un
terreno agrio. Siempre he preferido una
aburrida monótona y rutinaria tripulación que se mueva en el terreno de lo
previsible superficialidad a una que se enquiste en profundas y bizantinas
dialécticas...
Mi interrupción hizo
que Bárbara se levantara de la mesa y con una mirada resolutiva cogió su
pañuelo, su gabardina, su sombrero de lluvia
y salió del barco.
Fred, me hizo un mordaz comentario sobre lo voluble y lo
femenino buscando mi aquiescencia. Después, al poco, se fue a hacer una llamada
de teléfono.
Aquel día lo pasé preocupado. La culpa era de ese tiempo paralizante, me decía, que no acompañaba esa primavera. Notaba que la moral, nuestra moral para salir hacia Den Helder en Holanda se estaba hundiendo en la misma medida que las continuas bajadas del barómetro y la espera paseando rntre cafés y comercios bajo una lluvia de monótonas nubes grises y compactas empezaba a ser irritante.
Es cierto que la
paciencia para iniciar una singladura retrasada por un cambio de tiempo o a la
llegada de un repuesto por una avería, es consustancial al viaje. Pero hay
lugares con algo pesado en su geografía que tiendes a evitar por un temor no
definido. Y Cuxhaven que en un principio me pareció una amable ciudad marcada
por el constante paso de cargueros hacia el enorme puerto de Hamburgo y el
canal de Kiel para subir al Báltico
empezaba a mostrarse con una tirantez creciente como si la pegajosa
atmósfera que nos retenía incrementara
mi temor al implacable mar del Norte.
Aquella noche nos reunimos en el salón oyendo silbar el viento en la cubierta. El interior estaba todavía algo frío. la limpieza del quemador había enervado un poco a Bárbara al retrasar la puesta en marcha de la Taylor. Una inocente pregunta que hice a Fred sobre quién era el tipo con pipa de la fotografía, desencadenó otra especial tensión en la velada. Aquel fue uno de esos episodios que como furiosos aguaceros surgen en las vidas de las parejas cuando menos se espera. Porque tengo la impresión que para esta gente, me refiero a los nórdicos, la vida se estructura alrededor de la razón. Si hablas de una novela con ellos te explicarán el influjo en el autor de una corriente literaria. Si comentas una grabación de piano, harán que te fijes en la excesiva lentitud de un pasaje y si organizas con ellos una travesía en conserva date por seguro que acertarán en la hora de llegada al puerto. ¿Acaso el romanticismo, esto es el triunfo del sentimiento, no nació en Alemania, se podría señalar?, cierto, pero contaminado con nación, historia o cultura. El sentimiento, la vida como sentimiento nunca ha sido cosa del Norte y cuando interrumpe en el horizonte terso y limpio de una conversación de sobremesa es cosa de temer. Quizás porque hay asuntos que aparecen cuando no hay demasiada luz en las estancias, o que la razón suele ser amiga de la claridad lo cierto es que en aquel salón de madera oscurecida una sensibilidad despechada afloró otra vez y yo que pretendía quedar al margen de la anunciada tormenta que como vulgar marinero a su servicio estaba obligado a presenciar, salí malparado y confundido. El pedrisco me había alcanzado también.
“Es Raymond Chandler” dijo Fred.
Levanté las cejas sorprendido. “Fui su médico en la época del rodaje de la Dalia azul.”
“Acaso tenía Chandler algún problema de salud”, pregunté.
“ Estaba sometido a una presión excesiva. La estrella de
Paramount, Ladd, debía marchar al ejército a principios de 1945, y la
productora se planteó hacer una película en sólo tres meses cuando lo normal
era un año y medio. Ray fue escribiendo el guión al mismo tiempo que se rodaba.
Así se hicieron los primeros cuarenta y cinco minutos. Después no aguantó más,
la película se interrumpió y cundió el pánico.
¿” Una crisis nerviosa?.
“ No exactamente. No fui a calmarle su ansiedad. No soy
psiquiatra. Mi campo es la fisiología,
Hay personas que saben pacificar sus demonios, Ray era uno de ellos. Los
conocía perfectamente, advertía cuando se presentaban y sabía cómo calmarles.
Su problema era el remedio que utilizaba, bourbon con agua.
“Tampoco es tan raro entre los escritores, le interrumpí-.
El destilado de anís y ajenjo tiene mucha tradición desde Verlaine”.
“ Por eso tenía miedo de acabar como el francés. No era su primera vez. Había pasado crisis similares
y confiaba que yo le ayudase a contrarrestar los efectos del alcohol en su
cuerpo.
Cuando interrumpió el rodaje de” La dalia azul” se
preparó concienzudamente para lo peor. Habló con su mujer, Cissie, a la que
terminó convenciendo de que tenía que beber hasta finalizar el guión o si no
dejaría de ser escritor. A la productora le exigió seis secretarias en turnos
de día y noche para que le fueran
pasando a máquina sus textos según los redactaba, dos cádillacs en la puerta de
su casa, línea telefónica directa… Después compró botellas y botellas de whisky
y me llamó. Durante diez días mi tarea fue
alimentarle con glucosa en vena. Por la boca su único alimento era la
bebida.”
“Muchos han vendido
su alma al diablo pero no conozco ninguno que incluyera un médico para
asegurarse la recompra del contrato”.
“ Chandler era muy racional
en sus decisiones, No hay muchas personas lúcidas y valientes que acepten con frialdad poner en riesgo su
vida para conseguir su objetivo”
“ Quizás fuera porque confiaba mucho en ti.”Bárbara, que
hasta ese momento había permanecido
callada, habló con su fuerte acento americano en un tono extrañamente suave sin
dejar de contemplar la copa de vino con la que jugueteaba en sus manos.
Fred, sin mover la cabeza
me indicó “Lo dice porque tuve que suministrarle al cabo de los diez
días un preparado específico para él.”
“Lo digo porque fue casi un suicidio lo que hizo ese hombre.
Un suicidio asistido.” Sus ojos centrados en la copa y la seriedad de su voz
sugerían un reproche demasiado alejado para mí.
“Hay gente que prefiere arriesgarse y los hay que prefieren vegetar “contestó él.
“Y los hay que sólo apuestan cuando saben de que lado caerá la moneda, “dijo ella.
“Ray buscaba el secreto de su existencia en la literatura.
Otros lo hemos buscado en la ciencia. Estuve con él no por dinero sino porque
me reconocía en su pasión por la verdad”.
“Gratis no le salió el tratamiento”
“Eran componentes extremadamente complicados de conseguir.
Sabes que me llevó mucho tiempo prepararlos”.
“Jugaste a ser Dios con él como con tantos otros”.
“Yo buscaba reconstruir la integridad de Ray, su ética.”
¿”Ética en tu medicina?
respondió ella, hablas del bien y el mal como si pudieras convertir
una persona en moralmente buena o mala dándole una pastilla” “
“¿De qué moral hablas, la de los 10 mandamientos? ¿la que la
Iglesia nos exige para mantenernos
pacíficos? ¿Tú crees que existe ese concepto de moral en el zorro que
liquida un gallinero o en el árbol que impide con su sombra que un retoñe
alcance su altura? “No somos ángeles hechos de una sustancia espiritual sino
seres, y más los artistas, donde el miedo se manifiesta de múltiples formas. En
unos la debilidad les rondará los pulmones. En otros será en la piel, el aliento, los ojos o el
estómago Yo pude vencer la
enfermedad en Ray purificando su
espíritu más dañado que su hígado o sus intestinos”.
“¿Y la compasión? ¿Tiene cabida en una ética que jalea el
sufrimiento, que se regodea en el sufrimiento
para conseguir resultados?” le replicó Bárbara.
sugiriendo con su
voz, su cara y todo su cuerpo una
violencia impensable media hora antes.
Sólo entonces, él se volvió hacia ella y le respondió
sonriendo, “sigues sin comprender que no hay nada importante en la vida salvo
cumplir la propia tarea.”
“Explícame que lógica utilizabas para poder ir a dormir después de rozar lo
irreparable”
“¿Quieres que te sea sincero?, replicó entonces, simplemente
egoísmo. El mismo egoísmo que hacía que sensibles artistas como Ray me buscasen
cuando no tenían otra posibilidad para salir adelante. Y si ellos buscaban la
felicidad en los aplausos, en la admiración de su público no dudando en
utilizar alcohol o cualquier pócima venenosa para conseguir el éxito, en mi
caso el egoísmo era crecer en saber. Yo aprendía en ellos, me perfeccionaba en
ellos.”
“Una lógica de poeta no cabe duda.”
“No eras entonces así, vampiresa sin prejuicios ¿Te recuerdo
lo que desayunabas para mantener la
piel tersa? Entonces no tenías miedo a traspasar el límite.”
“El sarcasmo bajo una sonrisa sigue siendo tu especialidad.”
Era una disputa dura de
pareja. No admitía treguas, no admitía heridos, sólo quería derrotas
totales. Parecía como si el mundo no existiera más que para ellos, ausentes a
mi presencia con un nivel de lenguaje, de
reproches, demasiado elevado para mi comprensión.
Pero era curioso comprobar la transformación física que podía producir la ira. Bárbara, prototipo de la elegancia en una mujer madura, se iba endureciendo por momentos dominada por un fuego de vehemencia insospechada. Justo lo contrario que Fred cuyo dominio de la pasión le hacía aparecer duro y frío. Y si el temblor de ella cuando encendía un cigarrillo traslucía el recuerdo de una emoción antigua, en el caso de Fred, una mueca a guisa de sonrisa y una mano firme cuando cogía su copa de coñac demostraban que había digerido su pasado sin el menor atisbo de vacilación.
Pero era curioso comprobar la transformación física que podía producir la ira. Bárbara, prototipo de la elegancia en una mujer madura, se iba endureciendo por momentos dominada por un fuego de vehemencia insospechada. Justo lo contrario que Fred cuyo dominio de la pasión le hacía aparecer duro y frío. Y si el temblor de ella cuando encendía un cigarrillo traslucía el recuerdo de una emoción antigua, en el caso de Fred, una mueca a guisa de sonrisa y una mano firme cuando cogía su copa de coñac demostraban que había digerido su pasado sin el menor atisbo de vacilación.
Se produjo un silencio conscientes al fin de que había otra
persona en aquella cámara e impuesto ahora por Bárbara que se había levantado
para recoger la mesa llevando los platos hacia la cocina separada por un
mamparo del salón. Un silencio embarazoso con Fred, la mano en el mentón
mirando hacia ninguna parte. Un silencio roto al fin por el repiqueteo de la
radio anunciando un nuevo pronóstico. Me levanté para “copiarlo” y decir que el
tiempo, al fin, daba una tregua. Sólo cabría esperar unas horas para que bajara
la ola. Podríamos partir después.
“De acuerdo” dijo Fred.
Aquella noche dormí mal. Raro era el barco y raros sus
ocupantes, alcanzándome una sensación de
algo oscuro en todas esas historias y la impresión cercana al arrepentimiento por haber aceptado ese viaje.
“Mal asunto, empezar a sentirse apesadumbrado a estas
alturas, me dije. Haz tu trabajo y
olvídate de lo demás”.
Salimos aún de noche por la marea.
Demasiado tiempo
habíamos estado en Cuxhaven, demasiado tiempo atados a ese
lugar. Respiré hondo cuando crucé la bocana
del puerto sintiendo esa emoción particular cuando se inicia una
singladura. Volver a sentir el viento en la cara, el chasquido del gualdrapeo
de las velas, el virar una baliza y establecer un rumbo. Porque cuando dejas
por popa las luces del puerto parece
como si las preocupaciones y los malos momentos quedasen atrás anclados en
tierra, haciéndote sentir más liviano en esa inmensidad que corta la tajamar.
Ahora las dificultades tenían otra naturaleza. La noche era
como tinta de calamar por un cielo de nubes que ocultaba las estrellas mientras
las luces de la ciudad se empequeñecían al alejarnos rápidamente por la vaciante.
Cuando el estuario empezó a abrirse, el atlántico empezó a mostrarse en toda su dureza. Yo
conocía el Mar del Norte, y lo temía. En mi segundo viaje como oficial de
puente, saliendo de Róterdam, comprobé
como el escaso fondo a lo largo de estas costas arenosas levantan con poco
viento una mar temible. Y ahora pude constatar que las ganas de zarpar me
habían engañado; la caída del viento no había bastado para calmar el mar: olas
tendidas. Ayudadas por la corriente
contraria empezaron a golpear la amura barriendo la cubierta y saltando por
encima de la capota.
Bárbara se refugió en el interior mientras yo me abría para barajar el oleaje. Una de esa olas que aparecen como un mal imprevisto, cayó con violencia contra el pesado chinchorro de madera rompiendo sus sujeciones y haciendo que bandeara violentamente aguantado únicamente por un cabo. Un artefacto peligroso que terminaría perdiéndose por la borda después de producir daños si no tomábamos medidas.
Fred me relevó en la rueda mientras yo salía a cubierta atado a la línea de vida entre fríos rociones que se me colaban por el cuello y que me advertían que si caía al agua no tendría muchas oportunidades. Apoyado en un obenque conseguí sujetar el auxiliar sintiendo el sudor que me corría bajo el chaquetón por el esfuerzo, para volver aliviado a la seguridad de la bañera.
Bárbara se refugió en el interior mientras yo me abría para barajar el oleaje. Una de esa olas que aparecen como un mal imprevisto, cayó con violencia contra el pesado chinchorro de madera rompiendo sus sujeciones y haciendo que bandeara violentamente aguantado únicamente por un cabo. Un artefacto peligroso que terminaría perdiéndose por la borda después de producir daños si no tomábamos medidas.
Fred me relevó en la rueda mientras yo salía a cubierta atado a la línea de vida entre fríos rociones que se me colaban por el cuello y que me advertían que si caía al agua no tendría muchas oportunidades. Apoyado en un obenque conseguí sujetar el auxiliar sintiendo el sudor que me corría bajo el chaquetón por el esfuerzo, para volver aliviado a la seguridad de la bañera.
Dudé en acortar la singladura prevista y recalar en
Norderney, una isla a mitad de camino.
Por suerte, según nos íbamos alejando de tierra, la onda se fue atenuando y
arrumbados al sureste, la navegación a un largo se volvió más confortable.
Aquel día Bárbara apenas salió a
cubierta mientras que Fred estuvo bronco y un tanto desagradable como queriendo
dejar claro que yo era el responsable de aquel inicio de navegación tan duro.
Llegó el atardecer. Los mercantes que en esa zona están obligados a navegar en un pasillo delimitado empezaron a mostrar sus luces. Más cerca de la costa transitaban embarcaciones pequeñas como los pesqueros. Me quedé sólo en la bañera. Los dos se habían ido a descansar. La ausencia de la luna en un cielo despejado permitía que empezaran verse las estrellas. En el agua, la estela fosforescente marcaba un rumbo sin guiñadas. El frío era intenso y bajo la leve protección de la capota tuve que calarme el gorro de lana hasta los ojos y ponerme una toalla en el cuello. Me acodé detrás de la rueda viendo como la oscuridad iba borrando la delgada línea de la costa. Una costa sin relieves, tan plana como el trabajo que había elegido para dar un giro a mi existencia.
Recorrer el mundo, otros paisajes, otras gentes desde la
popa de un petrolero con bandera y tripulación de conveniencia fondeado en una boya a tres millas de la
costa para cargar petróleo, escalas de pocas horas para bajar a tierra o singladuras escupiendo la
arena que traían los” shamal”, el viento del Mar Rojo, no era la idea que me
llevó a estudiar la carrera de marino .Y cuando decidí cambiar de naviera y me
embarqué en un maderero ilusionado por conocer el áfrica ecuatorial, lo que
conocí de verdad fue la ferocidad y el despotismo de los que tienen algo,
cualquier poder. Poder de los aduaneros con sus automáticas bien visibles
entrando en la bodega para saquear las botellas de whiskey. Poder del
contramaestre para apalizar a un marino borracho. Poder del “viejo”, del
capitán, para que yo le librase, pistola en una mano, linterna en la otra, de
un polizonte escondido debajo de la lona de un bote salvavidas, y aconsejándome
que no preguntase al desgraciado si sabía nadar. Aquello fue suficiente; si hubiera
seguido en aquel barco no hubiera quedado de mi más que un colgajo alcohólico.
Cuando dembarqué vino el carrusel de trabajos: vendedor de seguros,
administrativo en un banco, agencia de alquiler de coches en la playa…hasta que
me hablaron de que patronear
embarcaciones de recreo estaba bien pagado, Habían pasado tres años pero no la
sensación de volver a recorrer un camino conocido. ¿Otro en el ejército de
extraviados? Quizás. Pero allí, arrellanado en la bañera del velero, con el único objetivo de llegar
a buen puerto, por lo menos saboreaba el tiempo viendo como la corredera iba desgranando milla tras milla.
¿Y ellas? ¿Relaciones sin pasión? Todo se termina
aprendiendo, incluso a vivir sin dependencias. La llama suele quemar aunque
Lola me reprochara que fuera un egoísta.
Ya está bien de hacer apología del sentimiento, lo único que se consigue es sufrir y hacer sufrir .Y como ejemplo
contrario lo teníamos ahí abajo: tormentas con aparato eléctrico.
Entonces no les oía y si hablaban sus palabras amortiguadas
por el ronroneo del navegar no me
llegaban.
Al día siguiente entramos en ese mar interior que se llama
Ijsselmeer y atracamos en Medemblik. Noté a Fred muy nervioso después de haber
bajado a tierra para llamar por teléfono. Me dijo que tenía que regresar con
urgencia a Hamburgo.
Quedamos para su vuelta en el mismo Amsterdam dos días
después.
Bárbara pareció un tanto confundida con su marcha
repentina. Aprovechando que el tiempo
empezaba a ser clemente le animé para que fuera a conocer los alrededores de
ese pequeño castillo que domina el paisaje. Volvió al poco con dos bicicletas
alquiladas para invitarme a acompañarla por las carreteras estrechas que llevan
de un pueblo a otro.
Me dio la impresión de estar más relajada. Quizás fuese que
el navegar había sido demasiado duro
para ella o que el tímido sol trajera
una explosión de flores y color alrededor de los canales pero lo cierto es que allí, pedaleando con
una falda roja, jersey atado a la cintura y un pañuelo azul pálido en el cuello
a juego con su mirada parecía mucho más joven.
Frente a un pequeño puente levadizo decidimos hacer un
descanso. Dejamos las bicicletas a un lado y sacamos unos sándwiches para comer
en la ladera del canal.
No sé porqué lo hice. Tenía curiosidad por saber de su vida.
Me intrigaba esa fiereza radical que
demostraba, esa independencia obtenida a
base de construir su propio espacio y le pregunté donde había conocido a Fred.
Quedó en silencio
.Hacía calor. Con los ojos cerrados y
alzando la barbilla dejó que el sol la embriagase. Después me habló.
“Fue en una fiesta al finalizar un rodaje donde él estaba
junto a otros tantos técnicos, iluminadores, chóferes o ejecutivos de la
productora. En un principio no me
produjo ninguna emoción especial aquel hombre de acento extranjero, que vestía
un anticuado traje a rayas. Después lo
volví a ver silencioso y aislado apoyado en la barandilla de una escalera
sorbiendo un coctel mientras miraba con ojos entornados a los que reían y
bailaban. Tenía un aire un tanto conmovedor con su distante seriedad. Pregunté
con curiosidad por él a una compañera. Me contestó que era el último recurso de
algunos actores y guionistas en crisis. “¿Un sujeto oscuro quizás? “¡Oh no!, me
respondió. Es un médico con una reputación de proceder riguroso. Lo que ocurre
es que sólo atiende casos, digamos extremos. Aquí en Los Ángeles no le falta
clientela”.
Animada por alguna
copa, y feliz por haber trabajado en una película a mis diez y ocho años, me
acerqué a él con la curiosidad malsana de una cuasi adolescente que reconoce a un hombre interesante y quiere llamar su atención. Siempre recordaré
como me perturbó su sonrisa con un punto de ironía y la fijeza inquietante de su mirada mientras
respondía a sus preguntas.-Endureciéndo el tono , con los ojos clavados en el
camino y en el recuerdo, siguió.- porque eso fue lo que hizo entonces y ha
seguido haciendo después: empequeñecerme con sus no respuestas y sus silencios
distantes.
Un mes más tarde lo
encontré en la puerta de los estudios. Dudé cuando me invitó a cenar. Había en
él algo que me turbaba aunque terminé
yendo a un restaurante italiano con un
hombre seductor y amable.
Yo sólo sabía de
cine, me peinaba como Vivien Leigh y
sonreía como Jane Wiman, pero en aquella cena escuchando con un chianti en la mano hablar del erotismo de”
La señorita Julia”,de las danzas iniciáticas de Gurdjieff o de las
provocaciones de Marinetti se reveló un
mundo que desconocía; un mundo extraño y fascinante que se reía de mi moral y
me incitaba a ir mucho más lejos de ese Hollywood al que había llegado sola y
con coraje desde un pueblo de Oregón.
Pasados unos días me invitó a acompañarle a un viaje de
trabajo. Me presentó como su secretaria.
Al final terminé
enamorándome de un hombre demasiado brillante y demasiado posesivo.
Mis padres, mis amigos dejaron de existir y lo sustituyó una
mezcla de miedo y adoración, de temor y
de pasión hacia él. una época donde tuve la impresión de deslizarme en un
tobogán de sensualidad mientras él se mantenía frío, como entendiendo que esa
bajada a lo más primitivo de mi naturaleza fuera un paso necesario para que
pudiera elevarme a una
espiritualidad ascética.
Una época donde el sexo era energía para tomar, el semen su vehículo, el placer un fin en sí mismo. “sométete al
deseo para dominarlo” me decía y separa tu debilidad lo mismo que un “solve et
coagula” rinde la ganga, lo superfluo en mis preparados”.
En ese momento se oyó el ruido de un motor y la proa de una barcaza emergió en un recodo
llamando con su bocina al operario para
que le diera paso. Al poco el repiqueó
de una campana advirtió a los peatones
que no lo cruzasen. Después el pequeño
puente empezó a partirse en dos en un crujido de cadenas y engranajes. La
gabarra lo cruzó lentamente.
Ella se arregló levemente el pelo y mirando como se alejaba la embarcación
y dejó transcurrir una eternidad como si
dudase mereciera la pena continuar
hablando.
“ Vino a Estados Unidos huyendo de los nazis. No era
judío sino un médico seguidor de una escuela de antroposofía particularmente
odiada por los fascistas que habían quemado el Goetheanum, su centro en Suiza y
que continuaron hostigando a los seguidores germanos de Rudolf Steiner. Salió
junto a cineastas como Wilder, Lubistch, Sirk o Preminger y como ellos terminó encontrando trabajo en Hollywood.
“Después, hace diez años tuvo un grave problema. Trataba a
un productor que tuvo que ser hospitalizado por una recaída en su hepatitis. Le
acusaron de malas prácticas y de intoxicarle con remedios no autorizados.” Su
medicina espagírica le jugó una mala pasada. Su lema “Caute”, tomado de
Spinoza, de poco le sirvió. Utilizó “hígado de antimonio” y casi le mata.
Revocaron su licencia.
¿Tuvisteis que volver a Alemania?
Tenía buenos amigos en Berlín Este. Cuando regresó se dedicó
al comercio de gasolina con ellos.
¿Y hoy?
Se pasó la mano por
la frente y movió nerviosamente la cabeza.
“Sus negocios son tan oscuros como lo fue su medicina. Lo
único que le interesa es el dinero. Hoy es un viejo que ha perdido los
colmillos”.
He tratado a muchas
mujeres que se embarcan odiando a los hombres después de sufrir un desengaño.
Unas se adivinan quebradizas como el cristal debajo de su supuesta dureza.
Otras, alimentándose de sí mismas terminan por crearse un mundo sin necesidad
de que nadie las compadezca; algunas incluso afloran una pena sensiblera para
llamar la atención de un amante ocasional. Tengo mis años, no soy un crio, pero
viendo allí a Bárbara, contando un pasado de despechos y desvelando su interior
a un extraño sin miedo ni complejos a extrovertir sus sentimientos como sólo es
capaz de hacerlo una mujer, sentí un malestar en el cuerpo como cuando una nube
negra señala que se acerca un turbión violento. Porque lo cierto es que toda la
ligereza que ella desplegaba cuando salimos de paseo había desaparecido. Ahora
mostraba una cara de desánimo, unos ojos
de tristeza, una fragilidad
desoladora.
Después la luz se fue matizando por un sol sin fuerza y un
tono desvaído ganó el horizonte. Regresamos al barco en silencio, pedaleando
despacio, como queriendo empujar el tiempo. Yo me encerré en mi camarote Quería
mandar una carta.
” Te escribo Lola desde una costa sin lomas para ocultarse
del viento, tan plana que han levantado barreras para que el mar no la invada,
tan gris que los canales en el atardecer se confunden con las nubes, tan fría
que la gente oculta sus sentimientos en largos discursos de lógica y
razón…
¿Cuántos años llevo navegando? Como profesiona,l una docena
de años; muchos más si cuento mi
adolescencia y te aseguro que
nunca he encontrado personas que me produzcan la confusión que estoy sufriendo
en este viaje.
Te extrañará que precisamente sea yo quien escriba esto; tú
que me acusabas de impregnar todo de negrura con mi modo de
mirar, de falsear la lógica con mis principios y justificar con adornos mis
huidas.
Ellos son de otro género.
Sólo he descorrido un poco la cortina y adivino un mundo de
construcciones ensambladas que necesito creer son lejanas y de hielo, muy
diferentes a las mías.
Sabes que fui al mar huyendo de la zafiedad y escapé de
él por cobardía. Vuelvo y me encuentro
un marino con figura de aristócrata con una
radicalidad cortante como un cuchillo
porque es él quien decide lo que
es el bien y el mal.
Ella en cambio…quizás si la conocieras me dirías algo que
desconozco: vosotras tenéis rayos x para calar a otras mujeres. Yo sólo percibo
desgarro en contraste con la dureza de él.
No va a ser un viaje
normal ni se cuanto tiempo voy a poder seguir en este barco. ¿Tan difícil es
encontrar un hueco donde resguardarse?...
Tú me conoces y sabes que esta carta es mi manera de
disculparme por mis huidas adolescentes, mis nauras por volver a embarcarme,
mis adioses improvisados.
Pero quiero decirte, desde aquí, que añoro tu transparencia,
y te recuerdo.
J.
Al día siguiente atracamos en Sixhaven, el pequeño puerto de
Amsterdam, frente a la estación central. Ella cogió el transbordador que cruza
el canal central para recoger a su marido.
Fred regresó con un maletín. Parecía cansado y serio. Me
pidió poner cuanto antes rumbo a Jersey, una isla del
canal.
Otra vez Volvimos a
sentir la potente respiración de olas al pasar la esclusa en Ijmuiden.En la
bañera Bárbara acercó un termo de café y se sentó con nosotros.Fred sorbía una taza humeante
entre sus guantes. Ella parecía algo irritada, como si me culpara de haber
aflorado sus intimidades. Él no hablaba. Estaba como ausente. En un momento que
estuvimos solo la pregunté si había algún problema. Secamente me contestó que
no me preocupase.
Recuerdo que me sobraron los monosílabos en esta parte del
viaje; no hizo falta más para dar en Cherburgo una amarra, establecer un foque pesado o colocar en la mayor un rizo
navegando.
A la entrada del puerto de Jersey se aproximó un oficial de
policía en una neumática. Su primera pregunta fue la de si llevábamos algún
animal a bordo. La segunda, sobre si teníamos algo que declarar. Miré a Fred de
reojo. Era perfectamente consciente que en su maletín no llevaba precisamente sus mudas. Después de
atracar, mientras yo me dirigía a la comandancia él descendió del barco. Sabía
a donde iba: Jersey era territorio offshore con más agencias bancarias que
habitantes tiene la isla.
Después no quiso parar en ningún puerto bretón hasta llegar
a Brest. Bajaron a cenar y volvieron
pronto. Fred venía de mal humor: en el restaurante no tenían langosta.
Salimos con la marea hacia La Coruña. Bárbara se fue a
dormir. Fred Puso música. Ensimismado me preguntó si conocía.la ópera.” Ese
“ja” es de” La Reina de la Noche”, contesté. Movió afirmativamente la cabeza.
“No es ella quien tendría que haberlo dicho. Es el coro quien tendría que haber
aceptado al aspirante masón. Mozart está ironizando aquí con un pasado
autoritario y caduco que contrapone al mundo del demócrata, liberal y moderno
Sarastro. El maestro se estaba riendo de
si mismo, consciente que su tiempo se
acababa.“
No dije nada. Sentía que sólo se escuchaba a sí mismo. Me resultaba difícil hablar con él. Siempre establecía una barrera cuando y como él quería.
Después afirmó preferir el primer cuarto de guardia y siguió
en silencio escuchando música.
Me fui a la litera a
eso de las once de la noche y sabiendo
que me llamaría en tres horas.. Me desperté por mí mismo. Estaba amaneciendo.
No entendía nada. Salí a cubierta. El Robertson, el piloto automático, dirigía
el barco. Él había desaparecido. Lo
desconecté y me aproé inmediatamente para detener el velero. Grité a Bárbara. Cuando salió, acerté a decirla que
Fred había caído al agua y la pedí que tomara el timón. Puse el motor y lancé
un panpan por vhf. Al poco oí que un
mercante emitía el relay.
¿Cuanto tiempo llevaría en el agua? Era consciente que la hipotermia le llegaría en no más de media
hora. Bárbara, señalando con la mano, creyó verlo dos veces al confundir el roción de una ola con
su chaquetón blanco. Sus ojos azules los recuerdo entonces grises. Su piel
transparente dejaba ver la fragilidad de unas manos venosas crispadas en la
regala. La fina lluvia que caía en ese momento
parecía una amenaza para su figura encogida como miedosa al agua que
chorreaba de su impermeable, miedosa a lo que el destino la había deparado…
Estuvimos toda la mañana zigzagueando, deshaciendo la ruta en un vano intento por encontrarlo. Después de cinco horas angustiosas, en las que no quiso tomar siquiera un café, la convencí de entrar en el puerto. Llegamos a St. Nazaire al atardecer. Nos esperaba la gendarmería.. Tuve que redactar un parte pormenorizado del accidente. Pidieron informes sobre él en Alemania y sobre mí a la policía española. Fred no era cualquiera. Su desaparición era una tormenta en el delicado y estratégico negocio del combustible para la Alemania Oriental. Al día siguiente se acercó un detective de la compañía EAS de seguros. Por lo visto Fred había contratado, con Bárbara de beneficiaria, un importe enorme en caso de muerte por accidente .Tuve que volver a contarle los pormenores del viaje desde nuestra salida de Hamburgo. El atraque en Jersey no le sorprendió. Era un hecho conocido que su empresa exportadora había tenido fuertes pérdidas por las vaivenes en la cotización del petróleo. La aseguradora quería relacionar a toda costa estas pérdidas con la desaparición de Fred. Para ellos era fundamental que apareciera el cadáver ya que una autopsia podría determinar si hubo o no voluntariedad en la muerte. El inspector se despidió insinuándome, en un aparte, que cualquier detalle que permitiera sospechar que hubo suicidio sería premiado. Le contesté lamentando no poder arrojar más luz.
La tarde la pasé arranchando
el barco. Fue cuando eché a faltar algo
en la cubierta.
Bárbara se fue al día siguiente. Los socios de Fred la
reclamaban urgentemente en Alemania para saber que había hecho Fred con medio millón de marcos destinados a un
intermediario. Al marcharse, sin
atreverse a mirarme de frente, me dijo que se pondría en contacto conmigo
cuando terminaran las indagaciones. Con voz queda me dio tímidamente las
gracias por no haber informado de la desaparición del anclote del chinchorro.
La dije que lamentaba que él no hubiera podido cenar su plato preferido.
Una semana después, con noreste flojo, puse proa a La Coruña.