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lunes, 27 de febrero de 2012

Desirée

A Hugo lo conocí cuando estaba empeñado en hacerme mi propio barco. Él compró unos planos , un diseño dos metros de eslora mayor que el mío, y se enfrascó en su construcción.

De mañana aparecía por la nave donde teníamos los esqueletos de nuestras embarcaciones, y cuando faltaba poco para la comida salía huyendo al recordar que tenía que hablar con un posible comprador de un local para su venta.
No tenía más experiencia marinera que haber salido en un bote a pescar media docena de veces pero el velero era su sueño.

Algunas veces le encontraba sentado, pensativo mirando los perfiles que empezaban a dibujar su barco y cuando le preguntaba si veía algún problema, me sorprendía con, “fíjate en la pureza de sus líneas de agua… Ese tajamar cortará el agua como un cuchillo… ¿Aprecias la belleza de esa popa en copa de champán?”.
Su mujer, que de vez en cuando llegaba con las niñas en coche, impaciente por su tardanza , no dejaba de mirarme al bies como si yo fuera el culpable de los trastornos marítimos que apreciaba en su queridísimo.

Pero Hugo. no desfallecía. ¡Ah su goleta! Ya tenía incluso nombre:”Desirée”. Y lógicamente los cuervos se fijaron rápido en él? antes de terminar el casco ya le habían vendido la teca para cubrir la cubierta, la pintura supuestamente excepcional, el radar a un precio invencible…. ¿Porqué serán tan frágiles los soñadores? .

Pero la inmobiliaria empezaba a languidecer. Para pagar el colegio tuvo que hipotecar el chalet. Para restringir gastos despidió a la secretaria poniendo a su mujer en la tarea.
Pero él, alma mater del negocio, no hacía más que pasar horas y más horas en su “Désireé”. Tanto es así que la mujer empezó a enfadarse de veras. Sus hijas, seguidoras fieles de la señora de la casa, le empezaron a chantajear en desamor. Él comenzó a sentir extraños síntomas cutáneos y estomacales. Y La cosa fue a más: un día se encontró con la cerradura cambiada. Tuvo que mudarse a la casa de su hermano. Éste, hombre sensato, le aconsejó vender el esqueleto de acero. Hugo me confesó que era una recomendación juiciosa, comprendía perfectamente que su pasión podía perderle.

Mientras, yo terminé y boté mi velero. Le subí a bordo para dar un paseo por la ensenada. Él estaba radiante aquel día cogido al stay para sentir el viento en toda su intensidad.
Después partí hacia el Atlántico. No volví a saber durante mucho tiempo de él.

Regresé unas navidades. A la salida de unos almacenes me tropecé con él. Se alegró de verme. Comimos juntos y no dejó de preguntar por mis singladuras. Yo le interrogué por su vida. Me confesó su divorcio, ¡ah las mujeres!. Pero eso si, el barco lo tenía a punto de botar; sólo alguna dificultad para terminarlo por culpa del dinero.

Nos despedimos con esas promesas de cartas que en verdad nunca se escriben.
Yo seguí navegando y volviendo de tiempo en tiempo a mi tierra.
Fue en uno de esos regresos cuando me tropecé con un casco de barco en un jardín. Me acerqué a la valla; chorretones de óxido llegaban a la quilla; su nombre apenas legible: “Desirée”.

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