google analytics

martes, 31 de mayo de 2011

Como carbones encendidos

Como carbones encendidos


¿Están habitados los barcos por algún espíritu? para los orientales no hay duda alguna. Ningún pescador indio o capitán de cabotaje iniciará sus singladuras sin incensar y ofrendar al dios particular que habita su bajel y al que confian la seguridad de la carga o el éxito de la pesca. De no hacerlo, un ser maligno puede apropiarse de la nao con el consiguiente peligro para una andadura salva.
En occidente, en cambio, pocos rastros quedan que avalen la potencia del espíritu sobre la materia. Atrás quedaron los rezos en forma de salve marinera que los tripulantes de los galeones cantaban en el anochecer en las largas travesías a América o los ojos pintados en la proa de las barcas para preservarlas de un mal lance. Hoy preferimos encomendarnos a un piloto automático antes que a un santo. Mal hecho. Estoy seguro que fue mi espiritual miopía la que embotó unos signos que cualquiera con sensibilidad menos tosca hubiera entendido, por lo que no fue extraño que el maligno se aposentare en mi velero al no encontrar oponente que le ofreciera batalla.
¿Qué signos se manifestaron? El primero apareció en Corfú.
Años atrás, el tiempo que recoge lo narrado( aún no se había reformado el puerto que debajo de la muralla acoge los veleros) salí al atardecer a conocer la ciudad. Operación necesaria era desembarazarse de la basura acumulada en el barco por lo que la arrojé a un montón de bolsas en un rincón de la dársena utilizado para este fin. Al hacerlo, no una ni dos ni cuatro, decenas de ratas salieron despavoridas entre los bultos donde se estaban dando un festín creyendo se les agredía. Todas menos una especialmente grande que emergió despacio entre los plásticos. Ella no salió huyendo, me miró como molesta por la perturbación que le había causado y volvió a desaparecer entre los fardos de desperdicios. Me quedé estupefacto y volví rápidamente al barco para cerrar portillos y escotillas temeroso de que algún roedor subiera por las amarras , sin poder olvidar esos ojos airados que no reflejaban en absoluto temor.
El segundo aviso vino a los pocos días. Había fondeado en Meganisi, justo enfrente de Scorpio, la isla privada de Onasis, cuando empezaron a sonar los primeros truenos anunciadores de esas tormentas de final de verano que tan peligrosas son en el Mediterráneo. Un patrón precavido se hubiera ido a la cercana y segura bahía de Vlikho y no hubiera permanecido en una cala con mal fondo obligado a establecer un cabo a tierra para no bornear dado lo estrecho del refugio. Me tranquilicé al comprobar que una pareja de lo que hubiera jurado experimentados jubilados ingleses fondeaba su velero cerca del mío. Enfrente, las luces en la isla daban la impresión que tenían farra y jarana.” No saben esos ricachones disfrutar de paz y la tranquilidad “me dije para mi mismo con espiritual talante.
Menuda tranquilidad. En la noche, con un oído atento a cualquier ruido anormal que sólo los que navegan desarrollan, me despierto extrañado al no identificar la causa. Me levanto e investigo sin resultados. Vuelvo a la litera. Aumenta el sonido, cojo una linterna miro en un armario y allí me encuentro el trasgo. Dos ojos como carbones encendidos al resplandor de mi lámpara me miran unos segundos para desparecer como un rayo por el sollao. Si, el maligno se me apareció en forma de rata griega, esto es grisácea y enorme.
Enciendo todas las luces, Me embuto unos guantes de obrero de la construcción gruesos y resistentes a posibles mordiscos y me armo con un bichero dispuesto a espetonarla cual San Jorge. Levanto tablas para acorralarla. Ausculto con poderosa linterna los bajos. Remuevo sacos de velas y artilugios… Vano intento, no hubo forma de saber donde se había ocultado. Rendido vuelvo a la litera. Imposible dormir. Ruidos otra vez. Me levanto con estrépito para que al asustarla no se entretenga royendo algún cable o tubería, La rata se esconde. Veinte minutos es el plazo de silencio que me otorga. Vuelta a empezar, luces, ruido… Vuelvo a la litera con ojos como platos. Sigue el juego un par de veces mas, yo haciendo ruido y la rata reapareciendo cada vez en menos tiempo. Empieza a amanecer confiando yo que el maligno temeroso de la luz deje de manifestarse. En eso, sonido de trueno y rayo no tan lejano. Lo que faltaba me dije. Percibo aire con olor a humedad y empieza un turbión de ráfagas con intensidad insospechada. Al poco, lluvia de gotas duras como garbanzos y el fondeo que no aguanta. Sujetado por la popa, garreo. El barco hace un semicírculo yendo derecho a las piedras. Consigo librar en el último momento la amarra popera. Abandono 60 metros de preestirado, el traicionero cabo vehículo de acceso del roedor. Con motor a fondo salgo del atolladero por los pelos. Detrás, el velero inglés tiene menos suerte y embarranca siendo lo último que veo su motor, marcha atrás, mostrando un humo tan negro como su desesperación. Voy a Vlikho , bahía de poco fondo completamente cerrada y seguro fondeo a cualquier viento. Allí en un colmado donde lo mismo venden naranjas que zapatillas me encuentro con otros navegantes que han bajado a comprar el pan. Relato mi problema al tendero ante el silencio trémulo de los marinos. Uno de ellos un pelirrojo italiano algo tartaja exclama “cosa horibili ratti i topi”. Y cuenta a la concurrencia la historia de un amigo que en una isla fondeado frente a las costas turcas al llegar el atardecer observa que le llegan nadando no una sino decenas de ratas queriendo trepar por la cadena del ancla. Él las rechaza y las otra porfiando por subir en un juego que pasadas dos horas termina con él encerrado impotente y la mujer con ataque de nervios sintiendo en sus cabezas a las ratas dueñas del barco y correteando hasta el amanecer por la cubierta.
Los clientes que a estas alturas se han olvidado de las compras, suspiran ante una narración tan vívidamente contada en un inglés esperántico. El tendero anima su negocio aconsejándome comprar dos trampas que por su tamaño más parecían para lobo. Añado queso en diversas variedades ya que al no conocer el gusto del enemigo sigo las indicaciones del profesional. Me recomienda uno especialmente oloroso y caro que entiende será irresistible. Vuelvo al barco. Intento dormir algunas horas. La espera me mantiene intranquilo. Llega la oscuridad. Preparo las trampas repartiéndolas por el salón y me voy a la litera provisto de mis guantes, esta vez con un martillo a mano. Las once, las doce. A la una en punto, la hora de las ánimas, percibo el malsano ruido. Espero con el corazón trepidante. Oigo un chasquido. Me levanto creyendo que se ha cerrado una trampa. Mera ilusión. Vuelvo a la horizontal. La oigo moverse cada vez más confiada, sabiéndose segura y conocedora de escondites inaccesibles. De pronto, lo más temible, percibo que está royendo. Inadmisible. Me levanto colérico eso si que no lo puedo permitir.! Bandida asquerosa! la improperio.
Dura fue esa noche. Al amanecer ella se escondió revelando una vez más su maléfica afinidad con la oscuridad. Yo me quedé adormilado hasta las nueve, hora de apertura del establecimiento para indicar a su dueño del escaso éxito de su queso. Me indica entonces poner tocino a lo que accedí añadiendo una jaula ratonera donde fácilmente hubiera cabido un conejo.
Mala jornada tuve, Me fui a dormir dándome por soñar con el ”Otoño de la Edad Media” y la peste bubónica como causa de la mortandad y decaimiento demográfico de aquellos oscuros siglos. Sudores me entraron cavilando en esas rateras pulgas transmisoras de la enfermedad que llegaron a Venecia en barcos desde oriente. Hasta en eso no ando tan lejos me decía. ¿Cómo se manifestará la bíblica enfermedad? me preguntaba con aprehensión palpándome las axilas por si notaba esos bultos sospechosos precursores de la fatal enfermedad. Después volvieron las tinieblas y con ellas el desasosiego. Esta vez los cebos no fueron queso sino el tocino griego del que sospechaba, no se muy bien porqué, no iba a ser del gusto del maligno. Por ello añadí el último trozo primorosamente guardado de jamón ibérico al que le esperaba una terminal botella de rioja en vez de ese desgraciado destino. Hasta eso llegó mi sacrificio por librarme del infame.
Noche cerrada; la luna me había abandonado y yo cada vez más nervioso. Empieza la función puntual a la una. Oído atento al sonido mortal de las trampas de las que sólo temo en mi inocente optimismo me deje el barco hecho unos zorros de sangre si la espachurra. No ha lugar. La oigo corretear sin que la tiente el jamón dolorosamente utilizado. Me tengo que levantar y acostar en un diabólico juego en el que va ganando la desesperación y el cansancio. En un de estos intermedios me quedo traspuesto y medio soñando noto un escalofrío en el colodrillo. ¿Será un aviso parapsicológico me pregunto adormilado? Es necesario indicar que
en aquella época seguía puntualmente las informaciones que sobre el tema llegaban de la antigua URSS donde los seguidores de Vassiliev apostaban a que era en el rinencéfalo o cerebro antiguo donde se recogen las manifestaciones paranormales. Desgraciadamente no era ninguna indicación extrasensorial; era el maligno duende en ultrajante y bochornosa actuación royendo la tapicería separado de mi cabeza por un delgado mamparo de 15 milímetros. ¿Porqué había venido a ese lugar? Sin duda en una humillante demostración de superioridad, dominio y control de la situación. Intolerable me dije levantándome indignado. “Repugnante hija de satanás . Como te coja te quemo a fuego lento”, la gritaba. Pero me daba perfectamente cuenta que ella se reía de mis amenazas mientras que yo, al contrario, estaba empezando a sentirme impotente ante tamaña demostración de maldad. Volví a la litera rendido de fatiga y con sentimiento de derrota pensando hasta en abandonar el barco en mi desesperación cuando al rato, medio agotado y traspuesto, en estado alfa de mis ondas cerebrales noto un leve tintineo. Era la rata que se paseaba entre los cubiertos sin importarle lo más mínimo hacer ese ruido tal era el dominio que tenía de la situación. Pero curiosamente ese tintineo no me generó más tormento; al contrario me transportó a un lugar muy lejano. Volví a vivir mi visita a un templo muy especial en la India,Birnake, el templo de las ratas, ya que el titilar de cucharillas y tenedores me había recordado el suave toque de campana de los fieles para advertir a sus dioses que están entrando en el santuario. Porque allí y sólo allí las ratas no son animales inmundos sino la reencarnación de las almas de los pequeños niños muertos. Y la comida que suelen llevar las mujeres es compartida gozosa y conjuntamente en el mismo plato por sacerdotes y roedores, Tienen los animales sus habitáculos para descanso nocturno porque el diurno lo emplean en lúbrico desenfreno sexual de persecución de las contrarias sin importarles un ápice la presencia de extraños y correteando entre pies desnudos ( no se puede entrar con calzado, quedando en las plantas de los pies posteriormente a la visita claras señales de sus guarras eyecciones). “ Mira”, entendí del inextricable idioma de un sacerdote que en ese momento me señalaba un enorme cuenco de leche donde se veían alineadas dos o tres docenas con cola y culo arriba y bebiendo al unísono con fruición. Si, era a la láctea bebida lo que ese repiqueteo de cubiertos me había conducido. Me levanté súbito sustituyendo el ibérico por una esquina de tetrabrik con leche en la jaula ratonera. No tardó mucho en actuar. Esta vez fue un ruido seco e inexorable. La trampa había funcionado. Provisto de mis guantes, esta vez sin martillo, me acerqué con sonrisa de ganador. Me recibió la diabla con estridentes chillidos ¿Pretendía acaso compasión o pedir ayuda a sus congéneres? De nada le sirvieron sus lamentos, agarré la jaula que en su desesperación a punto estuvo de abrir tal era su fuerza y me dirigí a cumplir la sentencia: ejecución. La sumergí en las negras aguas esperando interminables minutos hasta que dejó de moverse. Después abrí la compuerta viendo partir el cadáver en el Mediterráneo cual Ganges jónico, (más bien lo intuí ya que eran las cuatro de la mañana de noche cerrada).
¿Dormí a pierna suelta esa noche por fin? Nada de eso. El ajusticiamiento me había despertado sentimientos contrarios de culpabilidad. “No deja de ser una vida…
Quizás tendría que haberla librado en el agua para que se hubiera salvado nadando” me decía dubitativo.
Hasta en su final fue traicionera. ¿No me hubiera más valido y sobre todo sido más eficaz, seguir los criterios orientales desde el primer momento y sahumar el barco, sino con ofrendas, oraciones y virutas de sándalo por lo menos con espirales antimosquitos, y todo el barco bien cerrado menos una mínima apertura para que ese mal espíritu huyera, comprendiendo que no se le quería allí?

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada